• Karen Cancinos

Yo, mí, me, conmigo...

Encargué una gorra con la leyenda «Chapines for Trump». A quien me espete ridícula-nada-tienes-que-ver-con-Trump-como-si-al-fulano-le-importases-tú-o-tu-país-un-carajo, espera a que traigan a casa la gorra. Me tomaré una foto y la subiré al feis, no para ti, pues no estoy por escandalizarte prójimo izquierdista, antiyanqui o liberprogre, sino para Trump, aunque nunca se llegue a enterar del respeto y simpatía que me inspira, con todo y que es un asno arrogante.


Con lo de asno no me refiero a estupidez. De Donald Trump se pueden decir muchas cosas, pero no que es un imbécil. De hecho, es sumamente inteligente, siempre que no entendamos inteligencia como sinónimo de carisma o de afectación posera, tan propia de esa colección de egos no resueltos que encontramos sobre todo en la academia, la farándula y el periodismo, aunque esta última actividad prácticamente ha desaparecido en Estados Unidos. No es novedad afirmar que toda la mainstream media hace tiempo abandonó el negocio de la información por el activismo descarado en favor del Partido Demócrata.


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No, Trump no es ningún idiota. Al tacharlo de asno me refiero a su vitalidad, su denuedo, la facilidad que tiene para la aspereza, y al hecho de que le importan un bledo todos aquellos ante quienes los políticos gringos se arrodillan como si de Dios se tratase: los capitalistas y empresarios woke, los medios masivos, Hollywood, Broadway, la industria del deporte, la Ivy League… Las élites de la Costa Este y Oeste, en suma, que suelen palmotearse unas a otras, felicitándose por su guapura, listura y riqueza, en indecente autocomplacencia.


Pero esas élites no contaban con Trump, con su energía de burro de carga, su imponencia de acorazado y esa pedantería tan suya con la cual los ha vencido en su propio terreno, el de la arrogancia sobre la cual creían tener monopolio. No imaginaron jamás que en la silla presidencial se sentaría alguien que no solo no les tendría miedo, sino que les arrojaría sus verdades a la cara, con toda la rudeza de la cual solo Trump es capaz. Eso porque en su personalidad compendia la sagacidad de un hombre de negocios, la combatividad de un mariscal, el arrojo de un macho alfa, la agresividad de un político más bien tosco, y la autoestima de quien sabe que ha construido su país en lugar de destruirlo, y que ha servido a sus conciudadanos en lugar de servirse de ellos.


¿Que si Trump es un yo-mí-me-conmigo? Sí. Pero el problema de Estados Unidos no es la arrogancia de Trump, sino la de sus estratos dirigentes. Si los demócratas llegan a hacerse con el poder, las élites de ese gran país acabarán por hundirlo en el mar del absurdo posmoderno, y a nosotros con él.


Gringolandia, como le llamo afectuosamente a ese país que mucho aprecio porque mucho me ha dado, está en la misma situación de declive en la que sus altaneras élites habían sumido a Roma la eterna, la bella, la magnífica, a mediados del siglo V, justo antes de su desplome. Leí en alguna parte, y estoy de acuerdo, que esta contienda electoral en Estados Unidos no es una más entre los dos partidos de siempre, sino la escogencia entre la continuidad de la civilización occidental… o el principio de su fin.


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Por eso el presidente de la todavía Potencia Mundial, con su insolencia petulante y su poder económico y político, constituye una baza formidable contra ese gran mal que parece cernirse sobre la humanidad. Para definir esa calamidad no me parecen descabellados los términos nuevo orden mundial, plandemia, dictadura globalista o neototalitarismo. Lo cierto es que tengo una corazonada loca, que me dice que acaso en el transcurso de nuestra vida tengamos que fijar posición, definirnos, tomar partido contra la bestia.


No es que Trump sea un hombre de Dios ni nada parecido; es más, no creo que sea un cristiano devoto. Pero el Rey de las Naciones y Señor de la Historia escribe recto con renglones torcidos, así que tengo para mí que Donald Trump bien puede ser el instrumento del que se sirva para defender a los suyos, los estadounidenses de bien y los hombres de buena voluntad del mundo entero.




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