• Karen Cancinos

Vestirse de fulana

Ella (blandiendo hábilmente una espada): —No temo al dolor ni a la muerte.

Él (también un espadachín consumado): —¿A qué le temes, mi señora?

A las jaulas. A estar viendo barrotes hasta que la rutina y los años los acepten, y así todo gesto valeroso quede más allá del recuerdo y del deseo.

Eres hija de reyes, una virgen guerrera. Yo no creo que te espere ese destino.

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El anterior es un diálogo entre Éowyn —princesa de Rohan— y Aragorn, en la segunda película de «El señor de los anillos». He vuelto a ver la trilogía en estos días coronavíricos, y muchas escenas me han dicho cosas nuevas. Éowyn y Aragorn son dos de mis personajes favoritos de la saga; a mi juicio constituyen el epítome de lo que una mujer y un hombre deben ser.

Pensé especialmente en el coloquio citado a raíz de un hecho grotesco que se dio en el Congreso de Guatemala y que me apenó mucho. Más todavía porque fue protagonizado por una mujer.

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Hace unas pocas semanas, una diputada se vistió de fulana para ir al hemiciclo. ¿Que cómo se visten las fulanas? Pues a quien pregunte eso le diría no me seas hipócrita: bien sabes que un vestido a medio muslo, que aprieta el cuerpo cual envoltura de chorizo, que tiene un escote bajo hasta la mitad del pecho y que se combina con sandalias de tacón bien alto que dejan el pie desnudo… todo eso, puesto junto, es indumentaria de fulana.


Obviamente, ese mismo vestido estaría bien en la playa, y esos zapatos con altura de vértigo complementarían adecuadamente un largo y hermoso atuendo de fiesta. Pero al parecer la señora diputada no tiene sentido de lo oportuno, y supongo que no podría articular en una sola oración las palabras «ocasión» y «pertinencia».

No es mi objetivo criticar el mal gusto de la congresista. A eso se le puede poner remedio con relativa facilidad y, por otra parte, aún es joven y quizá no ha hallado su estilo, así que deseémosle que encuentre un buen asesor de imagen. Lo que quiero enfatizar es el anti patriotismo de la ordinariez porque los medios no lo han hecho, ni lo harán. Cualquier abordaje que hagan de la pinta de una funcionaria siempre será políticamente correcto. Fingirán escandalizarse ante la osadía de cualquiera que señale la inadecuación de la apariencia de una mujer porque eso, dirán, es machismo, heteronormatividad, conservadurismo del más rancio y patriarcal, o cochina envidia si quien hace la observación es otra mujer.

¿Y las redes sociales? Peor todavía. Opiniones y memes van y vienen, pero todos oscilan entre la procacidad más vulgar y la santurronería políticamente correcta. De la primera las redes están sobradas, y para la segunda ya tenemos a los medios de siempre.

Así las cosas, en algún lugar había que expresar lo que sigue, y por eso lo hago aquí. Que una diputada se presente de esa guisa en el Congreso le da a esa ya desprestigiada instancia un aire de lupanar. Eso, además de anti patriótico, es decididamente estúpido.

Vestirse de fulana al tiempo que se ostenta una alta investidura es antipatriótico porque degrada, en lugar de dignificarlos, el quehacer público, el oficio de la política y la institucionalidad gubernamental. Vestirse de fulana para ir al hemiciclo es decididamente estúpido porque desperdicia una oportunidad única y exclusivamente femenina: la de elevar el tono moral de cualquier lugar, la de subir el listón ético en cualquier instancia, y la de alzar el puntal estético en cualquier ambiente. Todo esto corresponde a las mujeres, y más aún en situaciones de alta visibilidad o donde constituyen minoría.

Es cierto que a buena parte de los diputados nada les importa menos que nuestro país, pero no escribo para ellos. De todos modos, son analfabetas funcionales y no sabrían leer de corrido este texto. Escribo para las mujeres que ostentan un cargo público, comenzando por la diputada aludida, de quien quiero pensar no forma parte de cierto hatajo de apátridas y sinvergüenzas enquistados en el Legislativo. Supongo que su lamentable atuendo de ese día fue un error de juicio, que muchas cometimos alguna vez, y espero de veras que sirva para su aprendizaje.

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Como Éowyn, temo que todo gesto de coraje quede más allá del deseo y la determinación. En estos días posmodernos, cuando el cuerpo humano —especialmente el femenino— se considera carne para vender por kilo, lo valiente es posicionarse a contrapelo de esa degradación. Eso significa sugerir, no exhibir, y elevar a los demás en lugar de hundirlos en morbo y lascivia, especialmente a los hombres.


Deseo que mis congéneres estén dispuestas al gesto valeroso de irradiar belleza en todos los ámbitos, pero jamás divorciada de dignidad, delicadeza e inteligencia.




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