• Karen Cancinos

Todo un romántico

En sus Reflexiones, el emperador Marco Aurelio anotó lo que había aprendido de muchas personas que pasaron por su vida. Casi dos mil años después de que las escribió, siguen siendo una lectura imperdible. He pensado en esas reflexiones al enterarme de la muerte de alguien de quien aprendí bastante más que solo un par de cosas.

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Hace tiempo escribía yo en un diario de mi país. Todavía no había redes sociales, así que los lectores que se comunicaban conmigo lo hacían por correo electrónico. La sección de comentarios debajo de cada columna nunca la leía porque solía ser un vertedero, como todo ciberespacio en el que los mediocres vomitan su inmundicia amparados en el anonimato.

Un buen día, llegó a mi buzón una nota de un lector que cuestionó de cabo a rabo todo lo que había escrito en una de mis columnas. Pero lo hizo con tal gentileza y solidez que me sorprendió gratamente e hizo que le respondiera en el mismo tono. Comenzamos entonces un intercambio de emails y terminamos quedando para comer en el restaurante del hotel donde solía hospedarse, porque era mexicano. Venía a Guatemala muy frecuentemente porque hacía trabajo actuarial para una compañía de seguros.

Me encontré con un señor de unos 75 años, con barba blanca y una gran simpatía. Inmediatamente trabamos una amistad que se extendería a varios de mis amigos, y también de los suyos.

Intentaré hacer una tosca imitación de Marco Aurelio, al hacer una especie de listado de todo lo que aprendí de Carlos González, a quien indistintamente llamaba Carlitos o cariño, como él me decía a mí. Por años supe que más o menos cada seis semanas recibiría una llamada o un mensaje de texto —nada de Whatsapp ni Messenger aún— que invariablemente comenzaría con un «qiubo cariño, ¿comostás?» Y luego quedaríamos para tomar una copa. O varias.

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De Carlitos aprendí que no puedes comprender a aquellos que desprecias, que ellos no pueden comprenderte si te desprecian, y que ese desprecio mutuo viene de la falta de conocimiento también mutuo. Por aquella época era yo una joven muy ideologizada y entusiasmada con mi recién adquirido libertarismo-libertino. Mi amigo era más bien de izquierdas, y me presentó a gente como Mario Roberto Morales, quien a su vez me presentó a chicos de mi generación que estaban en las antípodas ideológicas mías. Mario Roberto nos llamaba la chaviza. Cualquier guatemalteco medianamente informado sabe de su lucidez, su combatividad y sus posturas políticas, con las que discrepé entonces y discrepo ahora, pero reconozco en todo caso su agudeza y coherencia. Con varios de la chaviza, de tanto participar en foros y debates, terminamos haciéndonos amigos. Desde entonces siempre me pregunto en qué tiene razón todo aquel que no piensa como yo.

De Carlitos aprendí cómo se es amigo. Porque muchos suponen que amigo es aquel que te apoya «incondicionalmente». Pero Carlitos no aplaudía todo lo que yo hacía y no tenía reparos en hablarme con fuerza cuando veía que actuaba de formas que no eran buenas para mí. Un día, por ejemplo, me espetó: «Mira cariño, tú de pendeja no tienes un pelo, pero eso no significa que no hagas pendejadas. Y que fumes como chimenea es una pendejada». Me quedé con los ojos como platos, me ofusqué con él, y se lo dije. Pero hoy, que llevo años sin fumar y me ha sentado la mar de bien, agradezco aquella sinceridad de la que solo es capaz un amigo de verdad.

De Carlitos aprendí que quien te quiere bien te apoya, pero solo en aquello que necesitas ser apoyado, no en tus calaveradas y tus estupideces. Nada dista más de un amigo que un cómplice, un «amiguito» o un «amigote». Claro, compartíamos veladas agradables y le encantaban las fiestas y relacionarse con jóvenes —era sorprendente su aguante para la parranda—, pero con Carlitos pasarla bien no significaba obrar mal. Recuerdo con afecto esa caballerosidad suya tan de antaño, cuando los hombres se ponían de pie al llegar una mujer a un lugar, o cuando ella se levantaba de la mesa para ir al tocador. Carlitos hacía eso. Me tomaba del brazo al caminar, me abría la puerta del auto, me ponía la chaqueta, en fin, tenía ese tipo de gestos tan masculinos, decorosos y civilizatorios que hoy, lastimosamente, han caído en desuso.

De Carlitos aprendí que el romanticismo puede ser jocoso y festivo; es más, que debe serlo. No tuve el gusto de conocer en persona a su mujer, Imelda, pero sí la saludé por teléfono algunas veces: «te encargo al viejo, ¿eh, Karen?», me decía. Cuando le preguntaba por ella a Carlitos me respondía: «¿Imelda? Pues por desgracia está muy bien, desafortunadamente goza de una salud de hierro». Y luego reía al ver cómo me desternillaba de risa yo. Todo un romántico él, todo un romántico.

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Pues bien, Carlitos ha muerto, acabo de enterarme. Tenía algunos años sin tener noticias suyas, desde que dejó de venir a Guatemala por trabajo. No le había olvidado, sin embargo. Ahora tengo la certeza de que en esta vida no volveré a reunirme con él a partir la rosca de reyes el 6 de enero, ni a ver en el teatro Don Juan Tenorio los primeros días de noviembre, ni a tomar lo que yo llamaba «tragos de hombre» —le hacía mucha gracia que no me gustaran los coctelitos de señora—, pero con todo, no estoy triste.

Eso porque a pesar de su increencia, confío en que su acendrado sentido de la amistad fue tomado en cuenta para conducirlo adonde habrá llegado ya. Carlitos era descreído y hasta ateo, pero un poco o un mucho guadalupano. Me gusta pensar en la expresión de su cara con barba blanca cuando le habrá salido al encuentro la Morenita del Tepeyac, obsequiándole con un entrañable «qiubo cariño, ¿comostás?»


Foto de Ian Panelo en Pexels

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