• Karen Cancinos

Todo sobre mi madre

No desfallecí por la película de Almodóvar, pero siempre me ha gustado el título, así que me disculparán por plagiarlo para encabezar este texto, que escribo a los tres días de haber enterrado a mi madre.

Evidentemente, en unas líneas no puedo compendiar todo sobre ella, pero sí algo. Cuando el polvo en mi interior se haya asentado, escribiré sobre lo que crecí acompañándola en el último mes de su vida. Por ahora aún me encuentro aturdida, así que me limitaré a compartir dos o tres historias… algo sobre mi madre.


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Una anciana de 32 años

Una niña de pueblo, inquieta y preguntona, a la que le encantaban los libros, un día devoraba uno sobre la historia de un cosaco del siglo XVI, Taras Bulba, un guerrero feroz y pendenciero. Bulba tenía dos hijos, Ostap y Andrei, que al culminar su entrenamiento militar se disponían a iniciarse en el arte de la guerra, siguiendo el camino de su padre.

Los Bulba se preparaban para dirigirse a su primera campaña bélica. Pero antes de partir, Taras dijo a sus hijos que, como buenos cristianos, debían orar antes. Y para disponerse debidamente para la oración, les mandó que fuesen a pedir la bendición de su anciana madre, porque ella —les aseguró— les protegería de cualquier peligro «en la tierra y en el agua».

La niña lectora de coletas y gafas, era yo. Corrí hacia ella y le espeté: «Tú eres mi anciana madre, ¿verdad?». Se sorprendió por lo de anciana, porque entonces era una mujer de 32 años. A un chiquillo sus padres siempre le parecen viejos, pero hoy, cuando veo fotos de ellos de esos tiempos, me quedo admirada de su juventud y su guapura.

Lo cierto es que cuando indagó un poco y supo a qué se debía mi afirmación, me abrazó y me dijo: «Sí mi nena, yo soy tu anciana madre». Así que cuando me refería a ella así, me hacía gracia que me preguntasen cuántos años tenía.

En realidad, mi madre nunca llegó a anciana. Murió recién cumplidos los 74, pero jamás tuvo los cabellos blancos ni caminó encorvada o arrastrando los pies. Y si se exceptúan los días de su agonía, cuando las penurias de la enfermedad surcaron su querido rostro con arrugas de dolor, siempre tuvo muy buen cutis y una expresión radiante. Además, era muy coqueta y le encantaba maquillarse y vestirse con colores brillantes. Me fastidiaba que me machacase que por qué no te maquillas un poco, que porqué usas tanto gris y blanco y negro, que porqué usas zapatos planos, ponte tacones mamacita ni que fueras tan alta, que porqué andas con esas gafas, opérate los ojos, que porqué te cortas el cabello, déjatelo crecer y hazte luces, y así, dale que dale.

Nunca pensé que llegaría un día en el que iba a extrañar terriblemente que me fastidiase.


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Caridad del Guadalquivir

Mediodía del Viernes Santo de 2018. Habíamos recorrido las calles de San Pedro Sacatepéquez, San Marcos —su pueblo natal— acompañando el solemne Vía Crucis, desde las 8 de la mañana. Quienes conocen San Pedro, saben que allí las procesiones de Semana Santa son sumamente hermosas, tanto desde el punto de vista devocional como del estético.

Pues bien, a mediodía, frente al parque central, mientras presenciábamos el encuentro de las imágenes de Cristo Nazareno y la Virgen Dolorosa, la banda empezó a tocar una melodía que no había escuchado antes. Era tan hermosa que me conmovió e hizo que me rodaran lágrimas por la cara. Miré a mi madre y vi que estaba llorando, tan conmovida como yo. Entonces ella volteó hacia mí y exclamamos al unísono: «¡Que belleza de marcha!»

Me asomé como pude sobre el hombro de uno de los maestros músicos y leí en su partitura el título de tan hermosa melodía: Caridad del Guadalquivir.

Luego investigamos un poco y supimos que Caridad del Guadalquivir, del sevillano Paco Lola, es una marcha de procesión relativamente reciente, de principios de este siglo XXI. Se basa en una rumba flamenca que se llama Y el Guadalquivir, aunque en algunas de sus partes recuerda al himno de Galicia y a Tejiendo sueños, una canción de cuna asturiana.

Caridad del Guadalquivir se volvió una de nuestras marchas favoritas. Nos enviábamos por guasap las versiones que íbamos encontrando, cantadas por solistas o por coros, con banda de música, con orquesta, con piano, en fin. La noche antes de su muerte, cuando su frágil cuerpecito ya estaba haciendo dejación de funciones, hice que la escuchara, junto a otras melodías que sabía le gustaban. Aunque ya no hablaba y había cerrado los ojos para no volver a abrirlos, reaccionaba a mi voz y, ciertamente, a la música.

Una versión especialmente hermosa, cantada por Verónica Carmona, la hizo suspirar. No sollozó porque ya no le quedaban fuerzas, pero yo lo hice por las dos. Si un día alcanzo a conocer a esa magnífica cantante, así como al autor de Caridad del Guadalquivir, les agradeceré que hayan acompañado a mi madre en sus horas de transición. Tenía razón Juan Pablo II cuando escribió que los artistas son constructores de belleza, y que pueden intuir «algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de Sus Manos».


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Discusiones con un osito de felpa

Mi primer nombre se debe a que cuando mi madre estaba embarazada esperándome, leyó un libro del autor estadounidense Leon Uris, Éxodo, una historia sobre los pioneros del Estado de Israel. Quedó encantada con el personaje de Karen Hansen Clement, una chica judía danesa, y decidió que si tenía una hija la llamaría así —en los 70 no se hacían ecografías para saber el sexo de los niños no nacidos. Mi padre estuvo de acuerdo, y cuando nací me nombraron Karen. Además, hasta donde sé, mi nombre fue muy popular para ponérselo a las niñas nacidas en los años 60, 70 y 80 inclusive.

Lo cierto es que cuando supe esta historia, me di a la tarea de leer Éxodo, y luego casi todo el resto de la obra de Uris. Mi madre y yo compartíamos un entrañable afecto por el pueblo judío, por la raigambre que nuestra fe cristiana tiene en su historia. Ella tuvo ocasión de ir a Tierra Santa un par de veces hace muchos años, y vivía fascinada con los recuerdos de sus visitas.

En 2019 participé en un seminario para profesores hispanoamericanos en el Centro de Estudios Internacionales sobre el Holocausto de Yad Vashem, en Jerusalén. Mi madre estaba encantada, y me pidió que le describiera todos los días por email mi estancia en su querido Israel. Desde que yo era niña le gustaba que le escribiera. De todo. Cartas, tarjetas, dedicatorias de libros que le regalaba o que ella misma compraba. Mis artículos de periódico no los disfrutaba porque los encontraba beligerantes. Y mis ensayos académicos no los leía porque no los entendía, o al menos eso afirmaba. Era una mujer educada, pero no estaba interesada en mis temas de investigación.

Pero volvamos a Yad Vashem. En la tienda encontré un osito vestido con una camisa con los colores de la bandera israelí y la leyenda I Love Israel. Al nomás verlo, supe que le gustaría. Lo compré para ella, pero me quedé corta con que le iba a gustar. Se enamoró del osito y le puso Real, el apodo que le daba a mi padre, de quien había enviudado hacía algunos años. En vida de él pelearon y terminaron separándose, pero cuando murió en 2011, ella lo extrañó muchísimo. Me contaba que solía decirle: «Por favor, no me dejes mucho tiempo aquí sin ti».

Instaló al osito Real en su habitación y dormía con él, como niñita que no se desprende de su juguete favorito. Discutía con el felpudo, preguntándole: «Dime, ¿quién ama más a Israel?». Hacía que el osito le respondiera «¡Yo!», para entonces ella replicarle: «¡No, yo!»

En el último mes de su vida, entre las tres semanas de hospital y los diez días de agonía, ya no pudo dormir con Real, pero este se encontraba en su habitación. Antes de que perdiera la lucidez y luego el habla, nos pidió a mi hermano y a mí que en su ataúd pusiéramos su Cristo, su rosario y su osito. Cuando murió la mañana del 7 de noviembre, le junté sus manitas y entrelacé su rosario en ellas, le coloqué a su amado Cristo en el pecho, y senté al osito en su cabecera.

La entregué a Dios, llamé a mi hermano, y nos quedamos con ella un buen rato devolviéndola a Quien nos la dio, y que había decidido venir en esa hora bendita para llevarla a la morada que le había estado preparando en la Casa del Padre. Le dije a mi hermano que quería quedarme con el osito, a pesar de lo que ella había dispuesto. Él accedió, así que después de amortajarla y ponerla linda, la pusimos en un ataúd blanco con su Cristo y su rosario. A donde vas, madre, no te hará falta el osito —la besé—, déjalo aquí conmigo como recordatorio de la vida hermosa y de la muerte santa que tuviste.


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El porqué de llamarla «anciana madre» desde que tenía apenas 32, la marcha que la acompañó en el final, el osito que fue su preferido de los regalos que le di y que quiso llevarse pero que yo retuve para recordar sus gestos de niña… he aquí algo sobre ella.

Compartir esto poniéndolo en blanco y negro me ha hecho llorar, pero también ha sido un bálsamo para mi corazón. Que este texto sirva para expresar una inmensa gratitud a mi querido hermano, a mis tías y primos, y a los fieles amigos de mi madre, desde su médica Hanya Meoño y su enfermera Gaby, hasta sus hermanas del ministerio de visitación de enfermos de su parroquia, y sus vecinas.

Gracias por su bondad, por su generosidad, por haber querido a mi madre, por haberla acompañado, por haber orado con y por ella, y por haberle servido cuando más lo necesitó. Que mi buen Señor les pague lo que yo jamás podré.


Foto de Robert Anthony Carbone en Pexels

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