• Karen Cancinos

Tenía nombre, pero yo le decía Chú

Acabo de recibir por whatsapp un precioso meme por el Día del Padre, que en mi país se celebra el 17 de junio. Una mujer cuenta sobre su príncipe azul, un hombre bueno y virtuoso que la amó desde que la vio. Su interlocutor parece incrédulo sobre ese amor a primera vista, pero cuando le pregunta cómo se llamaba ese caballero que tanto la quiso y cuyo profundo afecto fue correspondido por ella, la mujer le responde que tan portentoso ser humano tenía nombre, pero que ella no lo usaba porque se refería a él como papá.


Mi padre tenía nombre también, Eduardo, aunque sus numerosos familiares y amigos le decían Guayito. Para sus hijos, sin embargo, era Chú. Eso de Chú lo abreviamos de Chuchi, que a su vez venía de chucho. Los guatemaltecos bien sabemos que chucho es un término con el que se designa a los perros callejeros. Por favor no me malinterpreten. Amábamos y respetábamos a papá, pero terminamos apodándolo Chú por su tremenda vitalidad, energía y amor por la vida. Entre su paternidad, su trabajo profesional y los numerosos proyectos de servicio a la comunidad que fundó, lideró o con los cuales contribuyó, estaba siempre ocupado, en la calle, cargando con nosotros y muchas veces también con nuestros primos, amigos y vecinitos.


Le encantaba manejar un auto lleno de niños y enseñarnos a nadar, aunque conmigo fracasó en eso, porque no me gustaba levantarme temprano para irme a zambullir al agua helada de la única piscina que por entonces había en el pueblo. Muchos años después, ya de adulta, recibí clases de natación, aprendí la técnica para hacerlo correctamente y hasta le tomé gusto. Lo hice en honor a mi Chú y hoy, cuando disfruto nadar de cuando en cuando, pienso en él.

A menudo nos llevaba de excursión a la pandilla por los bosques colindantes con el pueblo. Construía columpios improvisados en las ramas bajas de los árboles e inventó juegos que a la fecha recuerdan mis amigos, como el de ¡Lávate la cara! Jugar a ¡Lávate la cara! consistía básicamente en encontrar un grifo, pila o estanque público en los caminos rurales, y arrojarnos agua unos a otros hasta terminar empapados.


Hay escenas felices que se fijan en la mente, y la siguiente es una que nunca olvidaré. Yuli, la hermana menor de una de mis amiguitas, hoy una respetable médica y madre de familia, tendría unos ocho años y disfrutaba enormemente jugar a ¡Lávate la cara! En una pileta de aldea había una palangana que alguien dejó olvidada, o quizá era propiedad municipal, no recuerdo. Lo cierto es que Yuli tomó la palangana, grande para la menudita chiquilla que era, la llenó con agua y se la vertió encima ella sola mientras reía con ganas gritando lávate-la-cara. Chú, con todo y el corazón de niño que tenía, se apenó un poco porque no sabía qué explicación le daría a la mamá de Yuli cuando la regresásemos a su casa chorreando agua.

Chú no sabía inglés, pero intuyó correctamente que ese sería el idioma del futuro –así le llamaba a nuestro mundo globalizado actual–, e hizo que yo lo aprendiera. Tenía razón: es un idioma que me ha servido mucho en la vida. Pero el motivo por el cual aprecio el inglés es más afectivo que utilitario. Un signo de la gran inteligencia de mi Chú era su sentido del humor: siempre me pareció divertidísimo oírlo hablar en un idioma que no dominaba. I like doggy of the market, decía, cuando quería expresar que le simpatizaban los perros callejeros, especialmente los que merodeaban por el mercado.


Hoy, que me dedico a la docencia y uso como herramientas didácticas piezas cinematográficas y cine foros, honro en mi aula al querido Chú, a quien le encantaban las películas, a las que llamaba "pictures". You not see the picture no-me okey?, me decía en lugar de Don’t go to watch that movie without me! Y es que me pedía que esperara a que viniera del pueblo a visitarme a la capital, para que pudiéramos ir al cine juntos a ver alguna película de las que a ambos nos gustaban, por lo general historias bélicas o políticas.


El desparpajo de Chú, su alegría, su sentido de la justicia, su corazón tan amplio que albergó tanto afecto por tantos, comenzando por nosotros sus hijos, me hacen dar gracias especialmente en este día. Si en mi adultez he reconocido el inmenso caudal del amor de Dios Padre cuando me ha tocado, es porque lo experimenté de niña a través de un príncipe azul que me amó profundamente, desde mi primer día en este mundo hasta el último de él. Tenía nombre, pero yo le decía Chú. No sé cómo lo llama su Creador, pero me gusta pensar que al nombre que le da le habrá añadido los calificativos bueno y fiel, y lo habrá invitado ya a entrar al Gozo eterno de Su Casa.





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