• Karen Cancinos

Sola y borracha...

En España, más específicamente en Madrid, la mujer del vicepresidente de Gobierno, quien por cierto desempeña un extraño cargo («Ministra de Igualdad»), así como la esposa del presidente, participaron entusiastamente en la marcha feminazi del 8 de marzo pasado. El término feminazi no es caritativo, lo sé, pero dedicaré otro artículo a explicar el porqué del mismo. Tengo una razón para no legitimar al feminazismo llamándole feminismo, así que por ahora concédanme la utilización del primero.


Volviendo a las señoras Irene Montero y Begoña Gómez, que así se llaman respectivamente, pocos días después dieron positivo en coronavirus y ahora están en sus casas, espero que bien o, por lo menos, mejorando. El tema de si las autoridades del gobierno español exhibieron una pavorosa mezcla de irresponsabilidad y sectarismo ideológico, alentando a participar en una actividad masiva cuando ya para el 8 de marzo había en España 673 infectados y 17 muertos, es un tópico del que no me ocuparé hoy ni aquí, pero sí diré que me resultó penoso ver las fotografías de estas mujeres, y de otras diputadas y ministras, gritando en la marcha madrileña el eslogan «sola y borracha, quiero llegar a casa», creado en el así llamado Ministerio de Igualdad que dirige Montero. Me apenó mucho porque las feminazis de nuestros países no tardarán en adoptar esa consigna o alguna otra igual de estúpida, pues de originalidad y refinamiento no andan precisamente sobradas.


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Fue Gilbert Keith Chesterton quien dijo que, cuando un hombre toca a la puerta de un burdel, en realidad es a Dios a quien está buscando. Esto suena extraño y escandaloso de entrada, pero si lo pensamos un poco hace perfecto sentido. ¿Qué busca el que paga por pecar, diría Sor Juana Inés, sino aquello que buscamos todos con mayor o menor vehemencia, pero siempre con anhelo y a veces hasta con dolor? Verdad y bien.


Todos buscamos verdad y bien. Verdad porque hemos sido creados como seres racionales, y es una exigencia para la mente humana buscar la congruencia de lo que se piensa con los hechos de la realidad. Debo apuntar aquí que racional no equivale necesariamente a bueno en sentido moral. Por ejemplo, es racional la señora desconsiderada que vi el otro día en el supermercado vaciando en su carreta todo el contenido de uno de los anaqueles. Ya saben ustedes, compras de pánico. Ese comportamiento no es cívico ni ético, pero sí racional, en el sentido de que esta mujer se estableció un fin (surtir su despensa) y seleccionó uno de los medios a su disposición para alcanzar su fin (hacerse con todos los paquetes de masa para hacer tortillas de maíz).


Pero dejemos a la señora desconsiderada sin sentido cívico ni ético. El punto es que, al hacernos racionales, nuestro Creador nos hizo para la verdad. Hasta el ateo más recalcitrante busca lo que ES. Quizá se deba a que la ciencia se orienta precisamente a desentrañar los hechos de la realidad, el que tantos ateos hayan hecho de ella una especie de sucedáneo religioso, algo a lo cual adorar y rendir culto.


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El otro punto es que, además de estar hechos para la verdad, los seres humanos estamos hechos para el bien, para anhelarlo y buscarlo. «Tu amor me hace bien» canta Marc Anthony; lo tengo presente porque en estos días de encierro hay que bailar mientras sacude una la estantería. Y es que, ¿hay algún bien más grande que el amor?


Ese anhelo de recibir y dar amor, sea filial, fraterno o romántico, lo rubricamos todos. Con la excepción de aquellos casos de patología psiquiátrica, aun el criminal más desalmado siente afecto por alguien o por algo. Adolf Hitler, por ejemplo, con las mujeres exhibía un comportamiento caballeroso, cosa que no puedo decir de muchos de mis contemporáneos. Josef Stalin amaba bien a su hija Svetlana. Con «bien» me refiero a que la quería como un papá a su niñita, como el mío me amó a mí. La experiencia de haber sido la hija bienquerida de un hombre bueno me preparó para, ya de adulta, aceptar el colosal Amor del Padre.


Claro que recorrer el trayecto entre la niña feliz porque era amada y la mujer feliz por haber hallado al Amor, me requirió muchos años. Y en ese tiempo tomé atajos que me condujeron a pantanos tan pútridos y lodazales tan hondos, que en tiempos estoy segura de que hubiese secundado eso de «sola y borracha, quiero llegar a casa». No lo hice solo porque en los 90 no se había expandido todavía el feminazismo virulento de cuarta ola.


Por eso me vi en las chicas que salieron el 8 de marzo a las calles de Madrid a secundar la agenda de los politicastros españoles de turno y a recoger virus. Y por eso sé que detrás del grito de «sola y borracha...» lo que menos se encuentra es anhelo de soledad y de embrutecimiento autoinducido.


Lo que sí hay en los eslóganes feminazis es la misma sed de verdad y de bien que atormentaba a una mujer que pretendía saciarla con promiscuidad. Andaba por la vida preguntándose porqué era tan desdichada, hasta que un día se encontró en el pozo de su aldea con el Único que puede colmar todo anhelo. Le tomó un tiempo reconocerlo, pero cuando lo hizo, nunca volvió a tener sed.


Lo que le pasó a la samaritana hace dos milenios le sucedió a mi admirada Sara Winter, a mí, y a tantas otras. Deseo de todo corazón que le suceda también a la jovencita y a la no tan jovencita que «sola y borracha...» está buscando a Dios.


Con Sara Winter, en su visita a Guatemala en marzo de 2020.

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