• Karen Cancinos

Sobre los machos alfa (3): Daniel Larusso

Hace unos días volví a ver Cinema Paradiso, la obra maestra de Giuseppe Tornatore. Esta vez, la escena que más me emocionó fue la de la despedida entre Alfredo y Totò, cuando este último le dice «gracias por todo lo que has hecho por mí». No volverían a verse.


Tengo presente esa escena ahora que pienso en el personaje de Daniel Larusso, el Danielsan de Karate Kid que ha reaparecido en Cobra Kai, la serie, como el epítome del hombre exitoso. Larusso se debe a su maestro, el señor Miyagi, y eso es algo que nunca pierde de vista. Es paradójico que Miyagi, quien ya ha muerto, impregne sin embargo con su presencia todos los episodios de la serie: ¡tan honda puede llegar a ser la impronta de un mentor, amigo y padre!


¿Por qué nos encantan estas historias de amor filial entre hombres de distintas generaciones? Totò y Alfredo, Larusso y Miyagi, Judá Ben-Hur y Quinto Arrio, Frodo y Gandalf... Yo pienso que nos atraen tanto porque esas historias representan, por parte del mentor, el liderazgo que los hombres están llamados a ejercer en la preservación de los valores civilizatorios; y por parte del pupilo, la disposición de recibir la estafeta de ese liderazgo llegado el momento.


Y es que por mucho que les pese a feminazis y corifeos, en los hombres hay muchos bienes intangibles pero absolutamente necesarios para una sociedad, si ésta ha de ser funcional. Los estudios sociológicos de investigadores como Mark Regnerus, W. Bradford Wilcox o Paul Sullins, y tantos otros, demuestran una y otra vez que el indicador más certero para predecir el futuro éxito de un niño, es la presencia de su padre biológico —activa e involucrada— en su vida.


Claro está que a veces no son los padres los que asumen ese rol, por tragedias como una muerte temprana, un divorcio, o simplemente por deserción irresponsable. De ahí la importancia que tienen los maestros varones y otras figuras paternas en la vida de los chicos. Lo crucial de ese rol se muestra en la relación de nuestro personaje, Daniel Larusso, huérfano de padre, con el Yoda que tuvo la buena fortuna de encontrar en el sensei Miyagi.


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Del personaje de Larusso destaco su exitoso matrimonio y la relación que él y su mujer Amanda tienen con su hija mayor, una preciosidad adolescente a quien todos llaman Sam (por Samantha). Tienen también un hijo de once años, Anthony, un chico gordo sumamente malcriado y desagradable. Quizá los productores dejaron este personaje, que nada añade a Cobra Kai, para ilustrar lo que está mal en la crianza de muchos niños hoy. Por fortuna apareció cada vez menos a medida que avanzaron las dos primeras temporadas.


Amanda trata con su hija Sam como lo hacen las madres: con amor de soporte y hasta de cierta complicidad, que en su caso resulta exagerada. Porque una cosa es tener una buena relación con una hija adolescente, y otra muy distinta excusar patanerías de noviecitos y desmanes de amigochos, con una actitud un pelín negligente de qué-le-vamos-a-hacer, los pobres por tener las hormonas alborotadas tienen también el cerebro revuelto.


Larusso, en cambio, trata con su hija como lo hacen los padres: con amor de hombre. Es decir, con un hondo afecto que también toma en cuenta el conjunto de la realidad que a Sam rodea. Y es que el amor de mujer es pasional: apoya. El amor de hombre es sereno: sitúa. Obviamente, todos necesitamos ambos.


Y por eso los niños se benefician tanto de vivir con su padre y su madre bajo el mismo techo.


Y por eso no tiene asidero alguno el argumento del lobby LGTBQI+ de que dos papis o dos mamis, o tres o cinco, pueden y deben criar hijos pues éstos lo único que necesitan es amooooooor. Al parecer lo que entienden por amor es cariñito y arrumacos. Pero esos se los pueden brindar a cualquier mascota. Que se compren un perro, le den amooooooor y dejen a los niños en paz.


Pero volvamos a Larusso y su trato con Sam. Él, a diferencia de Amanda, no es cómplice de su hija, sino su columna... justo lo que debe ser un padre de hijas. Por eso la chica en general es observadora, dueña de su corazón, inteligente y estable, aunque no se ha librado de cometer estupideces, elegir malas amigas y noviecitos peores, pero eso es parte de la experiencia adolescente que casi todas las mujeres podemos reportar y que ninguna de nosotras añora.


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En suma, Daniel Larusso es un personaje encantador, un macho alfa que ha llegado lejos porque tuvo quién le dio un empujón con su respaldo y su fuerza, el entrañable —y omnipresente en Cobra Kai— sensei Miyagi.


Sí, son fascinantes las historias de amor filial entre hombres de distintas generaciones. Creo que nos atraen tanto porque representan lo que ellos, los hombres, están llamados a ser, liderar y sostener, respectivamente: bastiones, valores, y civilización.


I: Larusso en Cobra Kai. D: Larusso en Karate Kid.

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