• Karen Cancinos

Sobre los machos alfa

Decía Blaise Pascal que, si uno comprendiese plenamente a Dios, entonces sucedería que, o uno sería Dios, o Dios no sería Dios. He tenido esto muy presente los últimos días, pues el aturdimiento ha podido conmigo por ratos. Estoy harta del mundo corona-vírico, o covidiano, como le llamó el personajillo que ocupa la silla presidencial de mi país.

Así que las disquisiciones intelectuales que me provoca este cambio de época que nos ha tocado vivir, las dejaré para textos académicos. Y la inquietud de corazón que no llega a desasosiego, pero que tampoco puedo ignorar porque está allí fuerte y clara, la pondré en las manos de ese Dios a quien amo, pero a quien obviamente no comprendo gran cosa, sobre todo en situaciones como esta, dirían los muchachos de Bohemia Suburbana.

De manera que dedicaré unos cuantos artículos a un tema mucho más ligero y divertido: los machos alfa que tanto nos gustan a tantas. Si de casualidad llega a este blog alguna feminista de cuarta ola, de esas que canta el-violador-eres-tú y sola-y-borracha-quiero-llegar-a-casa, te digo amiguita, este no es el lugar para ti.

Pero no creo creo que alguna de esas chicas malqueridas llegue a pasar los ojos por estas líneas, pues ya en los primeros párrafos las espantaría mi profesión de amor por ese Dios que ellas suelen detestar porque, bueno, se encarnó en una persona de sexo masculino, y se erigió así no en un hombre, sino en El Hombre. La magnífica hombría compendiada en Jesús de Nazaret, sin embargo, es tema de otro artículo porque hoy estoy en modo light, al menos para las redes sociales. Puertas adentro de mi habitación es otra cosa, pero eso va entre mi Dios y yo.

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De vuelta entonces a los machos alfa que tanto nos gustan a tantas. Para los puntillosos con las definiciones, y está bien que lo sean, por macho alfa me refiero a un hombre que no se avergüenza de serlo, que no se intimida ante las feministas vociferantes, y por eso no anda con todas esas tonterías de «nuevas masculinidades», «feminismo de hombres», ya saben ustedes, todo ese guiso indigesto de la religión secular posmoderna, la sacrosanta corrección política.

Déjenme contarles de dónde vino esta idea de referirme a los machos alfa. Primero, de un vídeo que acabo de ver en el perfil de mi amigo Gabriel Zanotti, que compartió en modo irónico, como él mismo anotó, para sacar urticaria a los haters del presidente gringo. Es la versión acústica de una canción de dos cantantes estadounidenses, Camille & Haley, Keep America Great, dedicada por supuesto a Donald Trump, macho alfa donde los haya.

Y luego, la idea de escribir sobre ellos me vino también de una serie que acabo de concluir y que me tiene absolutamente fascinada. No he sido mujer de series, con la excepción de Dowton Abbey, cuyas seis temporadas vi de cabo a rabo y luego corrí al cine a primera fila cuando la película salió. Pero con Cobra Kai me he enganchado de tal modo que estoy pensando en pagarle a Netflix el dineral que cobra por mes, con tal de ver la tercera temporada cuando salga el año que viene. Luego, por supuesto, cancelaré el servicio, porque tengo por las empresas woke la misma aversión que las feministas malqueridas tienen por los machos alfa.

Cobra Kai es una historia que gira en torno a tres de estos machos. Quien la haya visto sabe que está basada en las películas del Karate Kid, aquel fenómeno cultural de los años 80 que nos encantó a los adolescentes de entonces. Me enfocaré en cada uno de los tres machos alfa de la serie en un artículo distinto, pues cada uno bien vale un análisis por separado.

Uno es John Kreese, el antiguo sensei de Cobra Kai, fracasado que se regodea en su miseria y por eso se convierte en un pozo de amargura y maldad.

El otro es Daniel Larusso, exitoso empresario que extraña al maestro que fue para él amigo, mentor y padre, y es ahora sensei de Miyagi Do.

Y el tercero, mi favorito, es Johnny Lawrence, fracasado que remonta su miseria y por eso se vuelve ejemplo e inspiración, y es ahora sensei del nuevo dojo de Cobra Kai.

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¿Que si es fútil y ocioso diseccionar personajes de ficción? Quizá así le parezca a quien no tiene la más mínima idea de las batallas culturales que les toca dar hoy a quienes trabajan con jóvenes o tienen hijos. Pero a mí sí me interesa enormemente librar mi parte. Y encuentro que tomar el pulso a la cultura popular es una forma de hacerlo, no la única ciertamente, pero sí una muy importante.

Recuerden que el marxismo, la ideología materialista por excelencia, cuando fracasó en el terreno económico, mutó. Abandonó el materialismo y fue de lleno por lo inmaterial: la cultura. Sus impulsores tienen un siglo de estar copando los medios masivos, la literatura, el cine, las cátedras universitarias y hasta los púlpitos. Y ante ello «no hubo quien batiese las alas, quien abriese el pico para piar», igual que en los tiempos del profeta Isaías.

Pues bien, me parece que debemos batir las alas y piar, que para eso tenemos la pluma, la cabeza sobre los hombros, los medios digitales y virtuales y, sobre todo, la confianza más absoluta en Aquél que es el Señor de la historia.

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Hasta muy pronto entonces con el post sobre cada uno de los machos alfa de Cobra Kai.





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