• Karen Cancinos

Siempre te escucharé

Hay un tiempo para todo. Tiempo para acometer. Y tiempo para renunciar. Tú sabes de eso. Aunque me sorprendió deveras. Aún recuerdo aquel lunes 11 de febrero de 2013, cuando me enteré mientras intentaba despertarme, de la noticia que pasé todo el día tratando de asimilar. A lo largo de semana que siguió, el asombro y la tristeza dieron paso a una enorme gratitud por tu pontificado, y a la esperanza de que celebraríamos la Resurrección de aquel año con tu sucesor ya elegido.

El pasado 16 de abril de 2020, día que cumpliste 93 años en una Semana de Pascua en la que los cristianos hemos vuelto a las catacumbas, pero esta vez urbanas y globales, pensé mucho en ti con el amor que siempre te he tenido, el mismo que le profesé a tu antecesor, y el que también tengo por tu sucesor.

Fue precisamente quien te antecedió en el ministerio petrino el que propició que abrazara yo la fe… lo mejor que me ha pasado en la vida. Cuando murió hace quince años, escribí un texto titulado «Para cuando te vuelva a ver». Al querido Juan Pablo II lo vi solo dos veces, una en 1996, que marcó el inicio del fin de mi descreimiento, y otra en 2002, que arrancó mi proceso de regreso a la Iglesia.

A ti nunca te he visto. Pero sí te he escuchado. Desde la primera vez que lo hice, en abril de 2005, cuando arremetiste sin complejos contra lo que llamaste dictadura del relativismo, supe que quien ocupaba la cátedra de Pedro era un coloso de la misma talla de Tomás de Aquino. Sí, ese genio que articuló una síntesis medieval de la tradición griega y, en menor escala, de la romana y la hebrea, con algún elemento árabe, y erigió así un edificio intelectual tan sólido como una catedral. Y tan imponente, que desde el siglo XIII ningún pensador serio, católico o no, lo ha pasado por alto.

Y es que Tomás de Aquino, como tú, apeló a los intelectos, a diferencia de, por ejemplo, un Bernardo de Claraval, un Francisco de Asís, o un Karol Wojtyla, que tocaron corazones. Obviamente es magnífico que haya diversidad de carismas y sensibilidades en la Iglesia –se lo decías a los seminaristas–, pues todos son necesarios e importantes, pero a lo que voy es a que el mensaje escrito es igual de importante que el mensaje oral (una de las razones por las que la Biblia fue redactada), y a algunos el camino de nuestra fe nos lleva más por la vía intelectual que por la sentimental, sin que esto sugiera que uno es mejor o más deseable que el otro. Así que mucho tenías que decirnos. Muchísimo nos dijiste de hecho, prolífico escritor que eres.


Qué viene para nuestra Iglesia después de este extraño confinamiento mundial, no sé. No me interesa tampoco, no al punto del desasosiego porque vivo como tú, confiada en la certeza de que el Espíritu sopla donde quiere. Pero eso no obsta para que elucubre que, si santo Tomás representa la cúspide intelectual de la Edad Media, tú representarás la de este mundo posmoderno. La obra de aquel Doctor de la Iglesia iluminó al cristianismo a través de grandes cambios humanos: el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Revolución Científica, las revoluciones políticas de los siglos XVII y XVIII, la Revolución Industrial, las ideologías y los regímenes políticos de los siglos XIX y XX. La obra tuya, conjeturo, hará lo propio con el cristianismo del tercer milenio, que navega por los rápidos arremolinados de las ideologías nihilistas, relativistas y antihumanas de estos tiempos que nos ha tocado vivir.

Agradezco tu ejemplo de valentía, de humildad y de juicio hondo y libérrimo. Te mando un abrazo virtual y atrasado de cumpleaños, feliz de saber que sigues sosteniéndonos con tu oración ya no en la proa de la barca de Pedro, sino en la popa. Siempre te escucharé profesor, amigo, pastor, Papa de la Libertad y la Razón, queridísimo Benedicto XVI.






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