• Karen Cancinos

Sagaces como serpientes

Así dijo nuestro Señor que debíamos ser, puesto que a quienes intentamos amarle y seguirle, nos envía como «ovejas en medio de lobos». Por eso nos llama a la sencillez de las palomas, pero al mismo tiempo a la sagacidad de las serpientes, esos reptiles tan feos. Según la versión/traducción de la Biblia que se consulte, puede leerse también que debemos ser «astutos» o «precavidos».


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Esta sagacidad, astucia o precaución que nos aconseja Jesucristo se erige hoy más necesaria que nunca. Hay quien dice que a Donald Trump le faltó un poco o un mucho de ella en sus arremetidas contra los que se sienten amos del mundo. Si desaparecieron mediáticamente al primer mandatario de la nación más poderosa del mundo, demostrando que nada les importa menos que su propia Constitución, ¿qué no podrían hacer con cualquiera de nosotros?


Estos personajes me parecen fascinantes, como objetos de estudio por supuesto. Crecí en un pueblo soñoliento del occidente de Guatemala, adonde el diario llegaba a las 2 de la tarde. Mi padre lo esperaba con ansias, pues la lectura del periódico y dormir una corta siesta era su rutina post almuerzo. El menú radial se limitaba a cuatro estaciones, y el televisivo a tres canales. Jamás imaginé que en el transcurso de mi vida vería el surgimiento de estos curiosos híbridos entre señor feudal (digital) y tirano totalitario (tecnocrático).


Estos híbridos no cancelaron las redes sociales de Mr. President solo porque lo encuentran antipático. En realidad, de lo que se trata es de aniquilar a Trump como actor político. Cerrar sus cuentas fue el primer paso de un proceso que, tras el segundo juicio de destitución que se lleva a cabo mientras escribo estas líneas, esperan que acabe con la posibilidad de que lidere el mundo libre, o lo que pueda quedar de él.


Y es que le tienen miedo al bulldozer neoyorquino, eso está claro. Porque alguien como Trump se interpone en su camino hacia la dominación y el reinado incontestable sobre un nuevo orden mundial progre-globalista. Saben que tiene la energía, la determinación y el dinero suficiente para constituirse en su gran dolor de cabeza. Solo falta que decida presentarse a las elecciones de 2024, así que a deshacerse de él que para luego es tarde.


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Casi prefiero a los totalitarios del siglo XX. Al menos de esos cualquiera sabía qué esperar. Hitler escribió abiertamente en Main Kampf lo que se proponía, y Stalin jamás ocultó su matonería. «La muerte es la solución de todos los problemas; si no hay no hay hombre, no hay problema», decía. No había nada para este fulano que no pudiese ser «arreglado» con una bala o con la desaparición en una mazmorra infecta.


El problema con los híbridos de hoy es que se han vendido como personajes admirables, a la manera de aquellos rudos pero honrados empresarios que hicieron de Estados Unidos la potencia que todavía es. Pero la casta hibrida actual nada tiene que ver con aquellos hombres de fuerte voluntad, ideas despejadas y profunda devoción cristiana en muchos casos. A ellos sí podía estudiárseles con las categorías del siglo XIX: poder económico versus poder político. El primero, el del mercado, un poder limitado por las preferencias de la gente común. El segundo, un poder limitado constitucionalmente y con un sistema de frenos y contrapesos, para que los gobernantes no abusaran del mismo.


Y es que los híbridos actuales no son representativos de lo que un empresario es, en el sentido original y más amplio del término. Un empresario es aquel que propone y desarrolla sus proyectos productivos en el ámbito privado, en competencia abierta y limpia con sus pares para ganar la preferencia de los clientes, a cuyas vidas añade valor porque las mejora.


Hoy, el maridaje entre la big tech oligopólica (los híbridos en cuestión), el deep state (la casta política y burocrática estadounidense), y el totalitarismo-capitalista-de-estado (China), echa por tierra las categorías clásicas de mercado versus estado, que en Ciencias Políticas y en Economía estudiamos como antagónicas. Sí que lo fueron, pero hasta el siglo pasado. Ya no más.


De manera que los que nos ganamos la vida «enseñando», que es tanto como decir estudiando para luego dirigir coloquios en un aula, presencial o virtual, nos encontramos hoy con la harta obligación de siempre: formarnos. Pero nuestro deber habitual ha tomado un giro importante. Debemos tomar el pulso a esta época en la que nuestro Creador decidió que transcurra la vida que nos ha dado.


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Así que en esas ando. Ruego, con la oración de Tomás de Aquino, que el santo Espíritu de Dios me conceda entre otras cosas agudeza para entender, capacidad para retener, método y facultad para aprender, sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar, o más bien para escribir porque es así como me expreso mejor.


Es mucho pedir, lo sé. Pero si el Señor me ha puesto a estudiar para enseñar, es porque sabe lo que puede sacar de mi cabeza de zote y mis muchas limitaciones. Mientras intento ser dócil a lo que El Divino Maestro quiera hacer en mí, seguiré Su consejo de imitar la sagacidad de las serpientes. Eso significa mantener mis redes tradicionales, el feis y el wasap, mientras incursiono en redes alternativas. No se trata de acuerpar la nueva tiranía de los híbridos, sino de usar sus productos como si fuesen las piedrecillas que un humilde pastor guardó en su alforja y que luego usó para derribar un gigante armado hasta los dientes.


Carece de importancia el hecho de que es posible que en el transcurso de nuestra vida no veamos el desplome del Goliat actual, esa escalofriante dictadura progre-globalista que se avecina. Hay quien afirma que la guerra cultural ha terminado, y que los cristianos y los conservadores la hemos perdido. Yo no pienso así. Al contrario, sostengo que nuestro trabajo apenas está comenzando. Una actitud de «apaga y vámonos» no solo me parece cobarde, sino traidora para Aquél que confía en nosotros, y que lo ha demostrado llamándonos a vivir en esta época.


Tengo la íntima certeza de que habemos por allí millones de nuevos David y nuevas Judit. Porque hoy, amigos, buscar y defender la verdad, mantener la fe, preservar la memoria familiar, comunitaria y nacional, establecer y cultivar amores verdaderos, y disponerse a sufrir y hacer lo que haga falta por El Reino, es acumular piedrecillas en la alforja, los hombres, y conspirar, las mujeres, para que se cumpla por medio de nosotras aquello de que al enemigo «el Señor lo mató por la mano de una mujer» (Judit 13: 15). Los Goliat y los Holofernes contemporáneos se mofan de nuestras piedrecillas y nuestras aparentes fragilidades. Lo que no saben los muy pendejos, porque su soberbia les impide verlo, es que sus risas burlonas tienen fecha de caducidad.


Foto de Engin Akyurt en Pexels

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