• Karen Cancinos

Romper con el pasado: tras los pasos de Ignacio (2)

Continúo con el homenaje a mi querido Ignacio de Loyola. Hoy, Miércoles Santo, voy por el tercer día de sus Ejercicios Espirituales que tanto bien nos han hecho a tantos, durante casi medio milenio. No de balde la hechura de los Ejercicios ignacianos ha sido recomendada muchas veces por santos y papas de la Iglesia.


Hoy se hacen en tres o cinco días, o una semana, pero en la época de Ignacio duraban un mes. De hecho, los jesuitas los hacen así en su noviciado, y una vez más cuando están por terminar su formación, en la llamada Tercera Probación. La cuarta semana de estos Ejercicios termina con una meditación muy particular que se llama «Contemplación para alcanzar amor», que fundamentalmente apela al sentido de gratitud del hombre hacia su Creador. Con la ayuda de Dios y de los sacerdotes predicadores del Instituto del Verbo Encarnado de Argentina, la haré este Sábado Santo.


Por hoy, sigo con la continuación del relato sobre Íñigo de Loyola, tomada del Liber Amicorum en honor de mi amigo Armando de la Torre, jesuita y profesor.


La primera parte del relato, «Pararse a pensar: tras los pasos de Ignacio», está aquí. Todo lo que está entrecomillado es de su biógrafo J. Ignacio Tellechea Idígoras, en su fabuloso trabajo Ignacio de Loyola: solo y a pie. Usé la 8ª edición, de Ediciones Sígueme Salamanca, año 2002.


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La conversión de Íñigo


Es verdad que, por sí solas, a nadie convierten las deleitables experiencias estéticas, ni las especulaciones intelectuales, ni las vivencias penosas o traumáticas. Sin embargo, «el episodio de Pamplona y, sobre todo, sus secuelas dolorosas físicas y morales brindaron a Iñigo esa coyuntura que la psicología considera propicia para reestructuraciones fundamentales ante la vida y ante el entorno», dice Tellechea.


Fue el dolor lo que hizo que nuestro soldado descubriese lo que se asume trabajosamente si, y solo cuando, una muy honda pena llega a tocar la vida. Fue la exploración de esos rincones interiores lo que condujo a Iñigo a su conversión, a ese colosal cambio de ruta que se ha repetido millones de veces en la historia de la humanidad durante los últimos dos milenios, pero que resulta novedoso y único cuando acontece a un individuo: tan crucial, tan transformante, tan parecido a nacer en cuanto a que las tinieblas se esfuman ante el esplendor de la luz, y tan parecido a morir en cuanto a que se deja atrás al hombre viejo, definido y encorvado por el peso por sus cadenas, sus vicios y sus apegos.


Unos años después de la batalla de Pamplona, restablecido por completo, pero con una cojera que nunca le abandonaría, en febrero de 1522 Iñigo se fue de la casa familiar, apasionado por el camino que los santos habían emprendido y decidido a imitarlos. Buscó un confesor ante quien dejar atrás su pasado de manera definitiva, lo que significaba confiarle también lo que planificaba para el futuro, es decir, una vida de oración y austeridad. Su proceso de convertirse y esbozar su porvenir no había sido compartido con nadie, pues lo había llevado a cabo solo y en silencio.


Fue el benedictino Juan Chamones, quien confesaba peregrinos en Montserrat, el que recibió la confesión de tres días de Iñigo, quien todavía llevaba consigo bártulos y ropajes de caballero. Es posible que haya sido él quien encaminó al penitente al afán de «someter a método el proceso espiritual y una de sus máximas vivencias: la de la oración». El antiguo soldado no desconocía que, para manejar armas o domar un caballo, era menester practicar. El camino que había emprendido, ahora se le hacía claro, requería de ejercitación constante y sentido de proceso. Aprendió que el seguimiento de Cristo no era reducible a episodios heroicos o momentos de arrebato intelectual o estético; que la confesión general no era un punto de llegada sino más bien de partida, y que examinar la propia conciencia y autogobernarse requerían reglas ancladas en la perseverancia.


El padre Chamones ayudó a Iñigo a desprenderse también de las manifestaciones exteriores del pasado. En el monasterio se quedaron caballo, espada y puñal. Las vestimentas se las dio a un pobre. Más que solo trocar sus galas por un rústico sayal, el antiguo caballero estaba aboliendo lo que sus vestidos representaban: prestigio, linaje, riqueza. Su biógrafo Tellechea dice sobre este pasaje: «En lo exterior es ya un Francisco de Asís que puede llamar a Dios su Padre y hermanos a todos los hombres que encuentre en sus caminos. Hay algo del hippie moderno en su teatral ruptura con lo anterior. Es un inconformista y un contestatario».


Lo que Iñigo no sabía es que su libertad, su romper con el pasado, había ocasionado un rifirrafe en Montserrat. El pobre a quien había dado sus vestidos fue acusado de haberlos robado. Cuando se enteró llegó a entender, quizá por primera vez, la cortedad de la justicia humana. Lloró al saber que el hombrecillo había sido vapuleado porque la autoridad no podía creer que un pobre vestido de rico no había hurtado las prendas que llevaba encima.


Lloró el mismo hombre que no había vertido una sola lágrima cuando le aserraron los huesos, y no lo hizo por sentimentalismo sino porque había descubierto un camino que le familiarizaría con la compasión, que le pondría bridas a su propensión colérica, y que encauzaría su considerable energía, su gran imaginación, su fibra recia y su disposición animosa para acometer cosas muy grandes.


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Continuaré mañana, Jueves Santo, con este homenaje al tiempo que sigo los pasos del soldado lisiado que se volvió ermitaño. Pero era apenas el primer tramo de su camino. Su conversión tan solo habìa empezado.


San Ignacio, ruega por nosotros.

Fotogramas de la película «Ignacio de Loyola», de 2016.

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