• Karen Cancinos

Recuerdos felices de una chica de pueblo

Hoy es 25 de abril de 2020. Anoche hablé por teléfono con mi anciana madre, quien muy emocionada me contó algo que me trajo recuerdos de una niñez vivida muy felizmente en un pueblo querido: San Marcos, Guatemala.


Me contó que vio en la televisión local la transmisión de la tradicional procesión que cada 24 de abril, en la víspera de la fiesta del santo, saca la imagen del Evangelista a pasear por el pueblo. Claro que este año todo ha sido diferente. Con toque de queda a partir de las 6 de la tarde, la procesión no pudo ser nocturna como es lo habitual, y por aquello de evitar las aglomeraciones, no pudo la gente cargar el anda en hombros ni desfilar por las calles en multitud, flores en una mano y vela en la otra, cantando ¡Viva San Marcos con grande alegría! !Que vivan San Marcos, Jesús y María!


Pero me alegró enterarme de que el párroco y el concejo edilicio no se arredraron ante las limitaciones, y pusieron en un camión la imagen del Evangelista con todo y pluma y su respectivo león. El coronavirus no impidió a San Marcos recorrer las calles de su pueblo, ni evitó que sus devotos salieran a saludarlo, aun si guardando las distancias y usando mascarilla.


Juan Marcos

Era un niño cuando Jesús predicó. Se cree que la familia de Juan Marcos era la propietaria del inmueble donde tomó lugar la Última Cena y, casi dos meses después, la venida del Espíritu Santo. Ese día de Pentecostés, Juan Marcos fue bautizado por Pedro, y posteriormente sería su secretario y su amigo cercano, al punto de que el Pescador se refirió a él como «mi hijo».


En la tradición de la Iglesia católica, un león alado es el animal que se asocia con aquel joven Juan Marcos que se convirtió en el Evangelista. En la casa de mi niñez siempre había leones de cerámica, de felpa, de piedra, o enmarcados en pinturas, porque mi padre Dios le haya concedido ya la dicha de ver Su Rostro era un patriota. Amaba nuestro país y desfallecía por su terruño marquense, al que siempre se refería como «Sanmarquitos». Por eso, aunque no era un hombre religioso, celebraba por todo lo alto al patrono de la localidad, y cada 24 de abril se esmeraba en adornar el exterior de nuestra casa, frente a la cual pasaba la procesión del santo en su camino de regreso a la Catedral, ya cerca de la medianoche.


Una vez, con mis hermanos y varios de nuestros amigos dedicamos la tarde del 24 de abril a inflar centenares de globos rojos, verdes y amarillos, los colores de la bandera marquense. Papá los había comprado, por supuesto, para que cuando pasara la procesión los arrojáramos desde el balcón. Éramos una bola de chicos indiferentes o descreídos, como son los adolescentes en general y como éramos nosotros en particular. Pero nos gustaba la algarabía, y mi padre siempre fue un experto en eso de dar alegría a los demás.


Llenamos de globos una habitación grande del segundo nivel, y comenzamos a arrojarlos a los viandantes que acompañaban la concurridísima procesión. Aquello fue una explosión de gozo: no hubo quien se quedara sin su globo. «Hoja», el loquito del pueblo, reía de buena de gana. Los niños brincaban con los brazos en alto para que lanzáramos más. No era época de redes sociales, pero me hubiese encantado filmar aquello para luego subirlo a este blog y a mi feis. Aunque, de haber sucedido así, no tendría quizá las siguientes escenas grabadas en la memoria que siempre atesoraré.


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Una chica de pueblo ve, desde un balcón, a cientos de devotos que rodean un anda en la que va el santo patrono con un león alado echado a sus pies. Cuando la procesión se aleja del balcón en dirección a la Catedral, cientos de globos danzan por encima de las cabezas y las velas encendidas, mientras la banda de viento va tocando melodías que alternan entre el Viva San Marcos con grande alegría... y canciones populares tipo La negra Tomasa.


Un rato después, cuando la procesión arriba a la iglesia, se escucha el estruendo de una gran cantidad de cohetes. El padre de la chica la invita entonces a ir con él a la alborada en el atrio de la Catedral. A la medianoche el pueblo le cantará Las mañanitas a su patrono. Antes y después todos comerán bollos y tomarán ponche, con o sin piquete según el gusto de cada quien.


Cuando finalmente la chica se va a su cuarto, ve en su cama el león de felpa que su papá le trajo de Venecia. Él había sido muy feliz allí: «La plaza principal lleva el nombre de Sanmarquitos. El león es el símbolo de la ciudad, m'hija, y guardián de sus canales y campanarios» —le había contado. Entonces, la chica no pone al león de felpa en una silla sino que lo deja en su cama y se abraza él para dormir.


Quien sabe si soñó con las aventuras de Juan Marcos en su seguimiento de Jesucristo. No es lo más probable. Pero años después sí se enteró de ellas, y fue entonces cuando comenzó su grandísimo afecto por el Evangelista.


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Ya no soy una chica, pero sí conservo un corazón pueblerino. Nomás que ahora, por la gracia de Dios, ya no es descreído, y por eso agradezco el ejemplo de Juan Marcos de amor por su Señor. Por confesar a Jesucristo, el Evangelista fue arrastrado por las calles de Alejandría en Egipto con cuerdas atadas al cuello, y como no murió tras ese horrible tormento, sus verdugos le hicieron lo mismo al día siguiente. Ahí sí lograron asesinarlo, pero no a sus palabras ni a su prédica.


San Marcos Evangelista, ¡ruega por nosotros!




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