• Karen Cancinos

Pararse a pensar: tras los pasos de Ignacio

Estoy haciendo los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Empecé ayer, en la noche del Lunes Santo, y veinticuatro horas después, cuando escribo estas líneas, me encuentro tan agotada como dichosa. Es una paradoja que hoy, uno de los días que más he llorado en mi vida, haya sido también uno tan decididamente feliz. Pero ahora mismo no puedo explicar esta experiencia. Prometo elaborar sobre ella en escritos posteriores, pues debo reservar mis energías espirituales e intelectuales para continuar en esta espléndida aventura, que termina el Sábado Santo.


Así que compartiré un homenaje a Ignacio de Loyola, tomado de un ensayo que escribí en honor de mi querido mentor Armando de la Torre, jesuita y profesor. El texto fue publicado en un Liber Amicorum en 2019, por el Instituto Fe y Libertad y la Universidad Francisco Marroquín. En el libro varios de sus estudiantes elaboramos sobre lo mucho que nos enseñó en las aulas, pero sobre todo con su ejemplo de vida.


Aquí va entonces mi modesto homenaje a san Ignacio de Loyola, al tiempo que le ruego por mis compañeros ejercitantes y por los buenos sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado de Argentina, quienes los están predicando, online. ¡Cuánto bien están haciendo, muchas gracias!


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Quien tenga al menos una pátina de cultura cristiana, como casi todos en Occidente, sabe que al creyente que quiere de veras profesar su fe, se le invita a acompañar a Jesucristo en la cruz. Esta invitación no constituye una apelación al estoicismo, pues un estoico trata de volverse indiferente tanto al placer como al dolor. Como explica Leo J. Trese, el desprendimiento cristiano no es tanto indiferencia, sino una genuina disposición ascética para asumir el sufrimiento, si eso es lo que Dios pide de alguien en un momento determinado.


Quizá por eso, para Friedrich Nietzsche los únicos cristianos que podían llamarse así con derecho eran aquellos con virtudes heroicas, esos que siguen el llamado de Cristo de manera radical, sin concesiones a la blandenguería ni al acomodamiento. Los tibios, los superficiales, se le antojaban esperpentos con moralidad de esclavos. Por tanto, es posible que, en decididos seguidores de Cristo, solo en ellos, Nietzsche haya podido atisbar o admitir aquel extraordinario espíritu, aquella determinación, aquella estatura moral, propios de sus Übermensch.


De esos decididos seguidores de Cristo, la figura que será analizada en estas líneas es la de Iñigo de Loyola (1491-1556), un vasco de fuerte carácter, tan valiente como propenso al engreimiento. Él mismo se describió como «dado a las vanidades del mundo», sobre todo en su juventud como soldado, cuando «principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra», como escribió en su autobiografía.


Sin embargo, su biógrafo J. Ignacio Tellechea Idígoras sugiere que en realidad Iñigo no llegó a desarrollar una carrera militar. Afirma: «Deleites y vanidades en armas sólo le pudieron proporcionar los torneos vistosos, los duelos y desafíos por honor. Batallas de mentira, animadas por el prestigio y por la pura vanidad, alimentada ésta por la más vana de las lecturas». Al parecer el joven Iñigo gustaba mucho de leer libros de los que en el siglo XVI se llamaban de caballerías.


En lo tocante a lo religioso, Iñigo resultaba más bien un escéptico. Muy lejos estaba de saber no solo que le esperaban experiencias místicas, sino que las conjugaría con su gran energía para erigirse en un hombre de acción de los más relevantes que hayan sido. Pero eso solo vendría mucho después de los eventos de mayo de 1517.


En una refriega contra tropas francesas mientras defendía un castillo en Pamplona, una bala de cañón le impactó en una pierna y casi se la cortó. «Iñigo fue un herido de guerra privilegiado. Le visitaron sus adversarios y él les correspondió regalándoles su rodela, su puñal, su coraza. Le visitó un viejo amigo […] que nunca olvidaría el valor de Iñigo en las dolorosas curas. Tras un par de semanas de primeras atenciones, lo encaminaron en una litera hacia su casa. Llevado cuidadosamente por hombres de la tierra, se inició el retorno, física y moralmente penoso. Su increíble entereza ante el dolor se vio adornada con otra que dice mucho en su favor». Su biógrafo Tellechea se refiere a que, primero, Iñigo había ordenado a los hombres bajo su mando no incurrir jamás en el pillaje. Y segundo, después de la derrota en la batalla de la que salió malherido, no se le escuchó a nuestro personaje, aun en pleno sufrimiento, proferir alguna expresión de odio contra nadie, ni queja alguna contra Dios. Tómese en cuenta que, a los 26 años que entonces tenía, Iñigo no era precisamente un cristiano fervoroso.


La convalecencia fue muy penosa. Los huesos de la rodilla encajaron mal, con lo que se le formó una protuberancia ósea que mortificaba mucho su bienestar corporal, pero que lesionaba mucho más su vanidad. Los médicos le indicaron que podía serle cortada, pero que el dolor sería atroz. No obstante, Iñigo «determinó martirizarse por su propio gusto», dice Tellechea. Su extraordinaria fortaleza física aguantó la cirugía sin anestésico —así se hacían entonces—, y le sirvió para eventualmente recobrar la salud. Pero durante las semanas que siguieron a la operación hubo de guardar cama pues no podía tenerse en pie sobre la pierna herida.


Para pasar el tiempo pidió entonces algunas lecturas de relatos caballerescos, esas que tanto le gustaban. Pero en la suntuosa casa de los Loyola no había abundancia de libros, como no fuesen contables, de manera que lo que se le proporcionó fue una Vita Christi y un libro sobre vidas de santos. Sucedió entonces que «quien soñaba en hazañas y se acababa de martirizar por su gusto por corregir una fealdad corporal, descubrió otro tipo de hazañas y martirios, igualmente por gusto, pero con otros fines» (seguimos citando a Tellechea).


Iñigo descubrió entonces a los que se profesaban seguidores no de algún monarca o señor finito, sino de El Príncipe Eterno. En el alma del joven convaleciente se comenzó a perfilar un reino esplendoroso, magnífico y permanente, con todo y banderas, batallas, hazañas y caballerías dispuestas a lo más noble, a lo más sacrificado, a lo más heroico. Íñigo «se paraba a pensar», afirma Tellechea, en un modo en el que no lo había hecho nunca.


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Continuaré con este homenaje mañana, Miércoles Santo. Como lo hizo Íñigo de Loyola en 1517, será un día en el que, si Dios lo permite y como lo hice hoy, «me pararé a pensar».


San Ignacio, ruega por nosotros.

Fotograma de la película «Ignacio de Loyola», de 2016.

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