• Karen Cancinos

Para cuando lo vuelva a ver

La primera vez que lo vi era yo una jovencita con ínfulas de atea. No estaba preparada para lo que presencié. Cuando el simpático vehículo que lo transportaba apareció en una de las esquinas de la Plaza de la Constitución, recuerdo que me quedé ya no en el medio de una frase, sino de una palabra. En lugar de gritar con la multitud, me llevé las manos a la boca y abrí mucho los ojos. Siempre guardaré en mi corazón ese momento. En los 24 años que han transcurrido desde entonces he llorado varias veces de contento, pero la primera vez fue esa, de pie en una de las ventanas del Palacio Arzobispal.

Pronto mi pretencioso ateísmo juvenil se convirtió en entusiasmo por acompañar a mi madre al Campo Marte para verlo, y en el camino nos encontramos un autobús tan vetusto que daba la impresión de que en cualquier momento se desarmaría en pedazos. Llamó nuestra atención porque provenía de un municipio muy lejano de San Marcos, nuestro pueblo. Sabíamos que tamaña carcacha había recorrido un camino de por lo menos diez horas. Tenía una gran manta en uno de sus costados, que decía «Adiós tristeza». Los pasajeros cantaban «Amigo», la preciosa canción de Roberto Carlos, y agitaban banderitas vaticanas y guatemaltecas.

Esa noche de febrero de 1996, inusualmente fría, logramos ubicarnos detrás de la tarima en la que estuvo. El gélido viento agitaba su atuendo. ¿Cuánto tiempo vimos su cabecita blanca cubierta con solideo? Quizá dos horas. Pero le bastaron a esa jovencita pretenciosa que era yo para saber que Juan Pablo II era más que un líder espiritual con una extraordinaria capacidad de convocatoria, y un carisma que ya hubiesen querido políticos y divos de la farándula. Navegaría yo con bandera de atea por entonces, pero estúpida no era, ni tenía el corazón tan endurecido como para no reconocer la certeza de que se me había deparado un encuentro con un santo.

Entonces empecé a leer sobre él. Me enteré de que se formó en el crisol del sufrimiento personal, familiar y nacional. Admiré sus cualidades de líder, de conciliador, políglota y poeta. Cuando supe que su apodo de la niñez era Lolek, empecé a llamarle así. De hecho, su última visita a mi país, en 2002, ocurrió cuando recién había empezado a escribir en un periódico, y uno de aquellos primeros artículos lo titulé con ese sobrenombre. Una amiga mía, que al igual que yo lo amaba, lloró al leerlo, y no porque la haya conmovido mi pluma sino porque, al decirle así, se sentía más cerca de él.

Esa vez pude verlo de nuevo, muy fugazmente. Me aposté en la Avenida Reforma y lo esperé lo que hizo falta. Su vehículo pasó mucho más rápido de lo que yo hubiese querido, así que fueron apenas unos instantes los que tuve para contemplarle, frágil y muy cansado. Me di cuenta de que sería la última vez que le vería en este mundo, pero no me permití entristecerme. Recordé la leyenda de la manta de aquel viejo autobús, «Adiós tristeza», y entonces me inundó por dentro un sentimiento que reconocí al instante: la gratitud.

El día que murió, el 2 de abril de 2005, alguien dijo que con su partida el mundo pesaba menos. Así se sentía. Lo lloré, claro, pero las lágrimas no eran solo de duelo sino de dicha, aunque entonces no sabía precisar porqué. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sé que lloraba conmovida porque el amor de Dios me había tocado, porque se había servido del Papa polaco para atraerme hacia Sí, y porque intuía que había emprendido el mejor camino de mi vida aquella noche de 1996 en la que, de pie en una ventana del Palacio Arzobispal, me quedé ya no en el medio de una frase sino de una palabra cuando él apareció en una de las esquinas de la Plaza de la Constitución.

Rezo porque, el día que vuelva a verlo, le pueda contar estas cosas. Mientras tanto, exclamo en este día de su centenario, a coro con los millones que lo quisimos: ¡San Juan Pablo II, ruega por nosotros!







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