• Karen Cancinos

Manifiesto de una mujer común pero no corriente

Soy una mujer común pero no corriente. Y estoy harta del feminismo y de toda la parafernalia del día internacional de la mujer blablablá. En lo que a mí respecta, el 8 de marzo es un día para celebrar, pero al bueno de Juan de Dios, un portugués del siglo XVI que, en el medio milenio que ha transcurrido desde que vivió haciendo el bien a enfermos y desvalidos, se erigió como icono de caridad cristiana y patrono de los trabajadores de hospital.


Son nombres como los de Juan de Dios los que no se olvidan. Él es famoso, pero no hay necesidad de alcanzar la celebridad para que un nombre resuene en los corazones. Piensa tan solo en tu gente querida que ha muerto. ¿A quién recuerdas? A quien te amó, y que sigue haciéndolo, pero de la forma en que puede hacerlo solo quien ya ha traspasado ese umbral que un día también tú cruzarás.


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Pero de amor y de generosidad no entienden las malqueridas ni las mezquinas. Como las fulanas que arremetieron ayer contra iglesias, negocios, restaurantes y estaciones del transmetro en la zona 1 de la Ciudad de Guatemala. Es difícil encontrar ruindad más concentrada que en las caras de esas pobres. Da pena ver rostros de jovencitas deformados por el odio. Inspiran lástima esas pintas desaliñadas a propósito, como si a la fealdad de la amargura hubiese que añadir también ridiculez y bufonería.


Espantosas, corrientes. Es obvio que la falta de amor vulgariza y afea. Pero, por el contrario, también es evidente que el amor ennoblece y embellece. Por eso las bienamadas tenemos el corazón ancho y magnánimo, como el de una reina, y nos brillan los ojos, aunque no tengamos cuerpazos ni facciones simétricas ni cabello de anuncio, y aunque la frescura de la juventud se haya ido hace poco o hace mucho.

Así que esta mujer que soy, común pero no corriente, proclamo fuerte y alto que el feminismo contemporáneo no me representa, en ninguna de sus vertientes. He aquí mis razones.


1. Ninguna rama del feminismo actual es conservadora. Todas son subversivas, disruptivas, constructivistas o como quieran llamarles. Y resulta que como mujer normal soy conservadora. Porque las mujeres normales —en el sentido de comunes— queremos conservar todo lo que es bueno, verdadero, hermoso, sólido y decente.


Todo aquel que ha hecho algo con su vida sabe lo que significan los verbos producir, solidificar, perseverar y acrecentar. Y por eso sabe también el colosal trabajo que significa llegar a tener algo bueno, verdadero, hermoso, sólido y decente, desde un hogar, un amor, una ocupación y un lugar en el mundo, hasta una civilización tan espléndida como Occidente.


Se dice sencillo, pero conservar es el camino arduo. Por el contrario, destruir es fácil, y por eso se les da tan bien a los estúpidos. Y a las estúpidas, naturalmente.


2. Ninguna rama del feminismo actual tiene raíces en la realidad. Todas son emanaciones de teorías políticas y/o económicas. Y resulta que como mujer normal antepongo la experiencia de mi vida a las teorías. Por supuesto, encuentro que estas son útiles para orientar mis razonamientos, pero no adhiero ciegamente a ninguna. Ya lo hice, y por eso sé de primera mano que fue inútil tratar de encajar realidad, vida y afectos en el socialismo de mi juventud o en el libertarismo de mi treintena.


Por eso a mis amigas feministas ideologizadas les digo: no le puedes poner puertas al campo, querida, ni puedes verter el agua del mar en el hoyo que has cavado en la playa. Tan densa, rica y compleja es la vida y tan cortas y estrechas son teorías e ideologías, que pretender explicar la primera solo con las segundas, es una necedad.


3. Ninguna rama del feminismo actual valora a la familia, ni al bien común ni al principio de autoridad. Eso se debe a la razón enumerada antes. Son emanaciones de teorías políticas y/o económicas.


El énfasis del feminismo marxista y sus variantes pasa por la lógica de la lucha de clases. El colectivo oprimido (mujeres) debe levantarse ante el colectivo opresor (hombres) para liberarse de las cadenas que este último le ha impuesto. En esta línea, la familia y cualquier autoridad constituyen Las Estructuras Opresoras por excelencia, y hay que reventarlas. El bien común es sustituido por la utopía del paraíso comunista.


Por su parte, el énfasis del feminismo libertario y sus variantes pasa por la latría del mercado, en el que cada uno se ve libre de obligaciones morales que no haya expresamente contraído, y de vínculos que no haya voluntariamente «contratado». En esta línea, la familia y cualquier autoridad constituyen meras opciones contratables, cancelables o desechables, como el servicio de internet o los productos de la góndola del supermercado. El bien común es sustituido por la utopía del paraíso individualista.


Obviamente estos son meros bosquejos. Pero si se llevan hasta sus últimas consecuencias lógicas, cae de su peso que estos «paraísos», en realidad, resultan infiernos antihumanos.


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Por estas razones, y por otras que sería muy largo de desarrollar aquí, es que sostengo que ninguna de las vertientes del feminismo actual nos representa a las mujeres normales, es decir, a las mujeres comunes, pero no corrientes, que nos negamos a enfangarnos en las cochiqueras ideológicas más burdas.


El feminismo actual no nos representa a las mujeres conservadoras. Ni a las que nos sabemos bienqueridas por Aquél que nos creó a Su imagen y semejanza y que, como si llamarnos a la vida no hubiese sido suficiente para demostrarnos Su amor, se hizo uno de nuestro género: el género humano.


La que sí nos representa a las mujeres comunes es aquella que tuvo el coraje para abrirse paso entre la soldadesca, ignorando sus siseos y obscenidades, para limpiar El Rostro de su señor, en el penoso trayecto hacia El Calvario. En ella veo lo que quiero para mí y para mis hermanas: heroísmo en el anonimato, congruencia, integridad, y una fuerza que solo del amor proviene y que no pueden darla ni la belleza física ni la posición social, y menos todavía una cuotita de poder político.


De todos modos, ¿qué mujer que se precie la necesita? Esas pobres que la exigen a punta de gritos histéricos y de vandalismo, no entienden aquello de «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad». Las bienamadas sí lo comprendemos: Sal 15, 6. Y por eso nuestros días, no solo el 8 de marzo, transcurren en paz y contento, sin necesidad de reflectores, cámaras, altavoces ni marchas que pretendan prescribir la importancia de nuestras vidas.






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