• Karen Cancinos

Los hijos que no parí

Hoy es 10 de mayo, día que en mi país se celebra el Día de la Madre. Además de festejar a la mía, quiero abrazar con estas palabras a las madres que nunca estuvieron embarazadas ni criaron hijos. A estas mujeres se les ha dado —se nos ha dado— otra forma de ser fecundas.

Es evidente que todo el ser femenino está orientado hacia la maternidad. Estamos hablando de todo el ser de la mujer, no solo de su parte corpórea. Por esa razón, ser madre no se limita a parir y amamantar, que es bastante, pero también algo que todas las hembras del reino animal hacen.


Maternidad humana

En el plano de la vida humana, madre es quien da vida, y esta va más allá de lo meramente biológico: abarca la vida del espíritu y del intelecto. Y como las mujeres estamos hechas para la maternidad, y como la naturaleza siempre encuentra su cauce, las que no tenemos hijos de la carne hemos canalizado el caudal maternal que nos impregna y define a círculos más amplios que la familia inmediata, y lo hemos encarrilado hacia ámbitos que requieren lo que san Juan Pablo II llamó el genio femenino.

Es absolutamente necesario en la vida de cada mujer tomarse el trabajo de dar cauce al corazón de madre que alberga. La que no lo hace se vuelve una persona vacía y amargada. Pocas cosas hay más tristes que ver cómo algunas mujeres rechazan la maternidad a la que están llamadas. Descuartizan a sus hijos mientras todavía están sus vientres. O los dejan nacer, pero los consideran una carga insoportable y los tratan en consecuencia, ocasionándoles heridas interiores cuya sanación a veces les llevará la vida entera. O anhelan hijos, pero no pueden tenerlos, y dejan que la frustración las seque por dentro, como si un vientre infértil tuviera que significar también esterilidad de mente e infructuosidad de corazón.


Día para agradecer

Encuentro este día muy propicio para dar gracias al Creador por dos grandes cosas. La primera, por haberme llamado a la vida a través de mi madre. La segunda, por haberme llamado a dar vida — intelectual— a sus futuros ministros, como profesora en el Seminario Mayor Pablo VI de la Fraternidad Misionera de María en Guatemala.


Por supuesto, me duele no haber hecho las cosas mejor y por ello pido perdón a Dios y a quienes han pasado por mi aula, muchos de ellos ya sacerdotes. Confío en la benevolencia tanto del Dueño de la mies como de sus obreros, pues bien saben que mis fallos y errores se deben más a falta de talento que de buena voluntad.

Un error muy extendido

También me parece que este es un buen día para señalar un error en el que incurren incluso presbíteros y algún obispo. Lo hago notar no con afán de crítica, sino con amor de madre y de hija que soy. Madre espiritual de seminaristas y sacerdotes, e hija de la Iglesia a la cual me precio de pertenecer. El error consiste en no comprender el genio femenino, cosa que sí hizo mi querido Juan Pablo II, y que radica sobre todo en el ejercicio del poder que le es propio.

«La mano que mece la cuna es la mano que mueve al mundo», dice el refrán. Es verdad, pero esa cuna hay que entenderla en su sentido más amplio. Es la cama del bebé, sí, pero también la mente y el corazón del joven. Porque la mujer da vida cuando da a luz, amamanta y arrulla, pero también cuando enseña, sostiene moralmente y orienta. Si tener poder es ejercer una influencia honda y permanente en alguien, una mujer con corazón de madre es entonces muy poderosa porque su repercusión es indeleble. Y para ejercer ese poder que le es exclusivo no necesita las formalidades del poder exterior: cargos, títulos, etcétera.

Hoy está de moda por desgracia una palabreja desagradable, empoderar. Se piensa que empoderar a la mujer significa conferirle las formalidades del poder exterior. ¡La mitad de los cargos públicos, escaños, alcaldías, judicaturas, presidencias de gobierno, deben estar ocupados por mujeres! ¡La mitad de las juntas directivas y cargos de dirección en las empresas, igual! Ya saben ustedes, todo ese blablablá de la equidad.

Esta narrativa posmoderna se ha introducido también en la Iglesia, y no falta quien entienda que darle a la mujer el lugar que le corresponde significa conferirle el orden sacerdotal. Algún afiebrado eventualmente hablará de la necesidad del 50 por ciento de mujeres en las conferencias episcopales, y del Papado alternando entre papa y papisa.

Todo lo anterior denota desconocimiento de qué es la Iglesia, pero más todavía exhibe una pavorosa ignorancia acerca de cuál es la naturaleza del profundo y genuino poder de la mujer: su maternidad. No es el poder exterior y explícito — político o económico— el que mueve el mundo. Y el que sí lo mueve, es decir, el de una mujer con corazón de madre, no necesita del encuadre, sanción, aprobación ni permiso del primero.


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Hoy, Día de la Madre, he meditado sobre estas cosas. Y por eso me he sentado a escribir estas líneas que espero sirvan para enviar todo mi amor a la Osita, mi madre. Y para felicitar a la inmensa mayoría de mujeres que ejercen su maternidad física, espiritual o intelectual de amorosa —y por ende muy poderosa— manera. Y para agradecer al Padre por los hijos que no parí, pero que ha tenido la enorme generosidad de confiarme.


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«¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?», le dijo Ella a Juan Diego.


¡Santa María de Guadalupe, ruega por nosotros!





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