• Karen Cancinos

Las ganas de morir: tras los pasos de Ignacio (3)

Este Jueves Santo de 2020 continúo haciendo los Ejercicios Espituales de san Ignacio de Loyola, bajo la guía de los sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado de Argentina.


Ruego hoy al Señor por esos poco menos de cinco mil hombres en todo el mundo, sucesores de aquellos doce que un día como hoy, hace dos mil años, Cristo llamó y ungió como suyos.


La parte 1 y la parte 2 de este homenaje a mi santo amigo Ignacio de Loyola, están aquí y aquí.


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Una parada de días que duró meses


De Montserrat y en camino hacia su meta, Jerusalén, el joven que se había despojado ya hasta del nombre del hombre viejo, Íñigo, se detuvo en Manresa por unos días, que terminarían volviéndose once meses y que serían definitorios de Ignacio, el hombre nuevo. Arribó fuerte y sonrosado, pero sus muchas penitencias lo demacraron. De hecho, sus disciplinas, privaciones y ayunos arruinaron su salud permanentemente. La lección que aprendió se transformó más adelante en solicitud paternal tanto hacia los enfermos como hacia los jóvenes pupilos que llegaría a tener: con buena salud, les decía, rendiremos más en el servicio de Dios.


Para curarse de sus vicios, entre ellos la vanidad y la propensión a enfurecerse, se vestía de saco rústico y descuidó cabello y uñas, de los que siempre se había ocupado con esmero. En cuanto a su facilidad para la cólera, aprendió a domeñarla expresándose siempre con gran mansedumbre.

Nuestro peregrino —así se denominaba entonces a sí mismo— no era exactamente un ermitaño, pero no vivía como los demás ni con ellos, aunque sí cerca de ellos. En poco tiempo se hizo de seguidores y también de algunos detractores. Pero en general los manresanos respetaban su taciturnidad y su decisión de vivir inmerso en sí pero no ensimismado, y de ser un solitario sin llegar a ser huraño. No poseía grandilocuencia ni habilidad retórica, pero sus palabras atraían.


Su biógrafo Tellechea nos cuenta que aparecía «como un hombre sin raíces, celoso ocultador de un pasado distinguido, reconocible en su cortesía y sus modos; como un hombre sin más techo protector que el que brinda la pura caridad». Porque vivía de la caridad ajena, pero con suma austeridad y compartiendo su pan con otros que eran tan pobres como él. Esta forma de vivir no era pereza ni falta de diligencia, sino el ejercicio del «derecho a ser pobre» que explicó fray Domingo de Soto, y que no entendieron algunos de sus contemporáneos y no entienden muchos a la fecha.


Fray Domingo de Soto, en su texto titulado Deliberación en la causa de los pobres, respondió a una ordenanza de Carlos I de 1540 en la que prohibía la mendicidad, quizá porque para entonces en Europa se había difundido la idea de que la pobreza era un asunto de gobernación que rebasaba la esfera de la caridad cristiana. Fray Domingo de Soto defendía la asistencia tradicional a los pobres, es decir, el socorro de los mismos a cargo de la Iglesia y de los feligreses.


La libertad del que nada tiene


Pero volvamos a Ignacio, el peregrino, y a lo que nos cuenta su biógrafo Tellechea citando a Juan Alfonso de Polanco, uno de los primeros jesuitas, secretario de Ignacio de 1547 a 1556. Polanco, más que biógrafo, fue recopilador de noticias y manejador de los papeles de la Compañía de Jesús en sus inicios. Escribió que era de notar «la libertad que Dios daba entonces a Iñigo y el poco respeto que tenía a persona alguna».


Obviamente, con poco respeto no se refiere Polanco a majadería por parte del peregrino, sino a lo que en el cristianismo se entiende como «respetos humanos», es decir, apocamiento ante los que tienen más poder, más influencia, más posición social o más riqueza que uno, sobre todo si tal abajamiento servil se debe al temor de expresar o defender la propia fe.


Por eso se entiende perfectamente esta aseveración al tiempo que seguimos a Ignacio durante su época de Manresa, en la que se nos muestra tratando a los más pobres que él, y a los enfermos del paupérrimo Hospital de Santa Lucía, con la misma deferencia con que había tratado a los aristócratas con los que se había codeado en tiempos no muy lejanos.


Las ganas de morir


En esos primeros meses el peregrino se sintió muy feliz, con ese fervor propio del recién convertido. Pero pronto vendrían las pruebas, más dolorosas las espirituales que las físicas pues también las había de estas últimas, como cuando la pierna le atormentaba en días lluviosos. En cuanto a las primeras, Ignacio comenzó a ser atenazado por el desánimo. Se preguntaba si soportaría vivir así, desarraigado, solo, por el resto de sus días.


La primavera de su alma se había esfumado. Inició entonces un gélido invierno espiritual. No le encontraba el gusto a la misa ni a hacer oración. La sequedad, la aridez, el desaliento, la tristeza, la desolación, todo lo sufrió, aunque perseveró en la fe recién asumida. A los manresanos que eran sus amigos y benefactores no les contó lo que le sucedía, por el contrario, siguió conversando con ellos con el mismo ardor del novato en la vida espiritual. Una señora mayor le deseó que se le apareciese Jesucristo. Dice Tellechea que la buena voluntad de la anciana hizo sonreír a Ignacio, y acaso esperar también.

Pero lo que se le vino encima fue una tortura espiritual que en la vida de fe se conoce como escrúpulos. Le pesaban insoportablemente los pecados de su vida pasada. Los escribió todos y se confesó de ellos, pero continuó muy afligido durante meses. La angustia y la desesperanza hicieron que gritase pidiendo socorro a Dios. Si debía correr tras un perro para remediar tamaño pesar, lo haría, prometió. Pero ante el silencio del cielo, le sobrevino una tentación más grave aún: la de suicidarse.


Supo entonces lo que siente todo aquel que ha llegado alguna vez a estar desprovisto de consuelo y ayuda por parte de otros seres humanos. Aun así, estaba decidido a no ofender al Señor quitándose la vida y para eso ayunó hasta que su confesor le prohibió continuar absteniéndose de alimento. Ese punto al que llegó, dice su biógrafo, era «la crisis de la esperanza, el vacío existencial, la pérdida de sentido, la antesala de la rendición de la ciudadela de su voluntad».


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Ignacio tuvo su Getsemaní, su vía crucis y su calvario. Pero nunca perdió de vista que al Viernes Santo sigue la vigilia que anuncia la Resurrección.


Hasta el Sábado Santo, pues las próximas 48 horas me dedicaré a acompañar a Cristo en su Pasión.


San Ignacio, ruega por nosotros.



Fotograma de la película «Ignacio de Loyola», de 2016.

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