• Karen Cancinos

El tiempo que tenemos

Hace tres meses, después de librar una dura batalla en el intensivo neonatal, falleció a los pocos días de nacido el primer hijo de un amigo mío. El mismo día, pero en otro hospital de la Ciudad de Guatemala, moría por coronavirus un hombre joven, padre de dos niños y esposo de una de mis estudiantes. Un mes después y por la misma causa, otra de mis alumnas también enviudó en plena juventud, con dos hijos menores.

Luego, hace poco menos de un mes, falleció la amiga de mis amigos, de leucemia, a sus 40. Madre también de dos niños, no le conocía yo personalmente pero su caso adquirió notoriedad en las redes sociales de mi país, pues su familia hizo un gran esfuerzo de recaudación de fondos para costear el trasplante de médula que le harían en España. Todo estaba ya listo para el viaje, pero no alcanzó a emprenderlo.

Y luego, a principios de esta misma semana, se ahogó en el mar un jovencito de 17 años, compañero de colegio de los hijos de varios amigos. Tampoco le conocía en persona, pero miro las fotos de ese chico guapo y rozagante y no puedo evitar pensar especialmente en su madre. Decir que tendrá el corazón partido me parece hasta irrespetuoso, porque un dolor tan colosal es inenarrable.

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Un bebé recién nacido, dos hombres en pleno vigor, una madre joven, un adolescente… cinco muertes prematuras… cinco familias que lloran… cinco historias de pérdida tanto más desoladoras por inesperadas. A los hijos adultos que hemos cumplido el piadoso deber de sepultar a nuestros padres, nadie nos tiene que describir a qué sabe la orfandad, sin importar la edad que tenemos cuando nuestros progenitores mueren. Duele sí. Mucho. Pero vives tu proceso de pérdida y sabes que la mejor forma de honrar a tus padres es haciendo que sus mejores características sigan viviendo a través de ti. Un día, después de unos meses, o un año, te despiertas y notas que el dolor se ha ido, y que solo el amor permanece, y que de hecho se acrecienta con el paso del tiempo.

Ahora bien, es de esperar la pérdida de nuestros padres —cuando somos adultos— o la de nuestro cónyuge, cuando somos ancianos. No estoy minimizándola ni restándole importancia; lo que digo es que es normal esperar que quienes te antecedieron en esta vida te antecedan también en la muerte, o que quien te acompaña en el último tramo de la existencia terrenal parta poco antes que tú, o que te siga en breve tiempo si eres tú el que fallece primero.

Pero, ¿y cuando a los que debes enterrar son tus descendientes o tu pareja en plena juventud? En esos casos el duelo, inesperado y por supuesto nunca bienvenido, se agiganta y amenaza con cernirse sobre ti de manera avasalladora, brutal y permanente. Para que no añadas al dolor de tu pérdida el dolor del absurdo, de la ausencia de sentido y de la carencia de propósito, te ruego, afligido amigo, que consideres lo siguiente.

El tiempo que tenemos tiene valor de eternidad, aun si comprende unos pocos días, como los que tuvo el bebé de Javier y Kathy, o unos pocos años, como los 17 que tuvo Antonio Bayer. No les alcanzó la vida para sembrar un árbol, tener un hijo o escribir un libro, pero no es necesaria ninguna de esas cosas para que el tiempo que se nos concede, poco o mucho, cuente ante Aquél que está fuera de nuestra cronología y limitaciones.

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En 200 años nadie nos recordará, a menos que alguna de nuestras obras le diga algo a alguien. Pero incluso en ese caso remoto, nadie llorará porque nos extraña. Y es que ya no quedarán testigos del tiempo que se nos dio, y durante el cual Dios amó a través nuestro a quienes nos acunaron al nacer, y a todos aquellos a quienes, con intención o sin ella, edificamos, consolamos, acompañamos e inspiramos de diversas maneras.

Ese es el tiempo que tiene valor de eternidad: el que usamos para hacer que otros sonrían con gozo, o para que lloren, pero de dicha o gratitud. Es el tiempo que grabamos en sus corazones. Es el tiempo de nuestra historia terrenal, que siempre se entrelaza de manera indeleble con las historias de algunos otros. Es el tiempo que no se perderá jamás, aun cuando ya no quede nadie aquí que pronuncie nuestro nombre con amor, porque permanecerá eternamente ante el Autor de la vida.

Y por eso, amigo afligido, permite que te consuele saber esto: que la vida de quien amas, aun si fue muy corta desde el horizonte chato de nuestra humanidad, nos enseñó a todos tres cosas cruciales. Una, que el único tiempo relevante es aquel que tiene valor de eternidad. Dos, que este tiempo no tiene relación con nuestra edad cronológica y menos todavía con nuestros logros materiales. Y tres, que determina la única opinión que importa sobre nuestra vida: la de Aquél que nos la dio, y que la emite definitivamente cuando nos llama de regreso a Su Casa, en Su Tiempo y de manera perfecta.




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