• Karen Cancinos

El pandemónium y el pequeño saltamontes

He descargado gratuitamente, y les invito a que hagan lo mismo, dos libros breves pero muy sustanciosos, por la seriedad y multidisciplinariedad de sus autores. Pandemónium I: ¿De la pandemia al control total? y Pandemónium II: La cura. Están aquí y aquí.

En ellos, autores como el argentino Agustín Laje, el peruano Miklos Lukacs o el español Javier Villamor, y varios más del mismo peso, analizan la pandemia Covid19 como fenómeno cultural, mediático y político. Escriben con sencillez y precisión, para todos los públicos. Leyéndolos, me he sentido como aquel personaje del «pequeño saltamontes», siempre dispuesta a aprender de quienes articulan, comparten y motivan.

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Recuerda, pequeño saltamontes: no solo los individuos fracasan. Evoca la arrogancia de los romanos: «Roma es eterna», decían, «y El Mar es nuestro». De ahí viene el nombre del Mediterráneo, de Mare Nostrum.

Hoy es 5 de noviembre de 2020. Un eventual triunfo bien de Donald Trump, bien de Joe Biden, será a lo sumo una victoria pírrica, porque Estados Unidos ha comenzado su declive mucho antes de ellos, y es probable que en el transcurso de tu vida tengas la penosa experiencia de constatar cómo una civilización declina o incluso se extingue. Trump ralentizará el estropicio, pero no lo detendrá. Biden ni siquiera está en condiciones de darse cuenta de su papel en la destrucción de la más grandiosa civilización que la humanidad ha conocido: Occidente.

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Recuerda, pequeño saltamontes: no todas las ideas son buenas y constructivas. Esa narrativa tan extendida de que el objetivo último de la vida es «ser feliz» ha generado expectativas imposibles. Porque no podrás nunca, como nadie puede, escapar de las heridas de la vida misma, del amor y de la muerte. Y cuando al que se ha tragado la idea de que «tiene derecho a» ser feliz, le llega el inexorable sufrimiento… o se desploma o se encoleriza. No se ha enterado de que el dolor es para crecer, no para menguar.

La idea de que todo se trata de y se reduce a «ser feliz» ha cundido en sociedades acomodadas, la estadounidense la primera. Por eso ves a ricos y famosos de Hollywood, Wall Street, Park Avenue y Silicon Valley que no pueden pasar el día sin drogarse, y a chicas universitarias en el país más rico y libre del mundo quejándose de «la opresión patriarcal» en la que viven por ser mujeres. Cómo se nota que ese hatajo de lloricas no tiene la más remota idea de lo que significan ablación, opresión, totalitarismo, asesinato por honor, conversión forzosa, esclavitud sexual o condición de paria.

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Recuerda, pequeño saltamontes: tienes la obligación de vivir tu vida con rectitud. Puedes exhibir tu vida virtualmente, y pontificar desde tus redes sobre las bondades de tu particular ideología, o sobre tus altos principios y sólidos valores, que los tendrás, pero el hecho es que la realidad es lo único relevante. El trato que dispensas a los demás. La forma en que ellos ven tus acciones, actitudes, reacciones, hábitos y temperamento. El cómo vives tu vida, en público y en privado, es lo único que deveras cuenta.

Por eso tu identidad no debe estar constituida, al menos no en su mayor parte, por los vaivenes y vicisitudes de la política. San Josemaría Escrivá solía decir que la importancia de los sucesos y de las personas es muy relativa. Sabía de lo que hablaba. Siendo sacerdote, vivió una guerra civil en la que usar sotana o alzacuello era constituirse en blanco de palizas, torturas y hasta fusilamiento. Por supuesto que sabía que hay épocas en que la guerra nos alcanza, aunque no la queramos, y debemos entonces plantar cara. Tu época es una de ellas. Pero eso no significa que debes dejarte consumir por las peleas, o que la ideologización amarga y enojada debe ser la lupa con la que analices cualquier fenómeno social.

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Recuerda, pequeño saltamontes: lo personal es político. No en el sentido en que las feministas de segunda ola usaban la frase, sino en su sentido más amplio. La política no se reduce a la forma en que tradicionalmente pensamos de ella, la arena electoral y partidista, y la gestión gubernamental. Cuando digo que todo lo personal es político es porque nada de lo que hagas individualmente está desconectado de la vida en sociedad.

Por eso señalaba tu ineludible obligación de vivir en orden, porque todos tus actos, desde los pequeños y privados hasta los públicos y visibles tienen el potencial para construir. Las cosas que te son más queridas preservan la cultura, la reedifican y restauran. En mi caso, enseñar, escribir, entablar y cultivar relaciones de amor y de amistad —con Dios la primera—, estudiar desde francés hasta criptomonedas, todo eso contiende con las arremetidas tóxicas del marxismo cultural contemporáneo.

Estas actividades que tanto queremos no son conocidas por otros, pero son más importantes que lo que publicamos en las redes porque tienen impactos particulares en la vida de personas concretas, quienes a su vez influyen en sus respectivos ámbitos de acción. Dime, ¿hay algo más político que eso?

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Recuerda, pequeño saltamontes: nunca, nunca, nunca, hagas la funesta concesión de decir «ya no hay nada qué hacer». Por el contrario, afirma junto al jovencito que acabó con un enemigo formidable: «¡No hay por qué tenerle miedo a ése!… Yo he matado leones y osos; lo mismo haré con él...» (1 Samuel, 17: 32,35).

Luego ve por esos leones y osos, llámense progresismo libertino, neo marxismo, cultura de la muerte, relativismo moral, globalismo nihilista, nuevo orden mundial o nueva normalidad.

Revisa el libro de la historia de la humanidad, repasa el de tu propia historia. Notarás que las derrotas comienzan mucho antes de salir a dar la batalla, en el corazón del hombre que sucumbe ante el miedo. Pero si la derrota comienza en el interior, la victoria también. De manera que no permitas que nada ni nadie te encoja el ánimo, porque siempre estará contigo Aquél que se sonríe divertido de las mezquindades de los poderosos de la tierra (Salmo 2: 2,4).




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