• Karen Cancinos

El anhelo de una reina maga

Como hago cada 6 de enero desde hace años, escucho ahora mi villancico favorito en mi versión favorita, «Somos tres reyes de Oriente», en inglés, cantada por Jennifer Avalon. Claro que cada año las mismas cosas, las mismas fechas, las mismas canciones, me dicen algo completamente diferente. Y este 2021 la preciosa voz femenina de Avalon me ha hecho pensar en una reina maga. He evocado aquella vez cuando en Israel me trepé a un camello, subí los brazos y grité de alegría mientras el noble bruto gruñía, adornado como estaba con abalorios de colores e hileras de monedas.


Hoy he vuelto a experimentar algo parecido en cuanto a sentirme como una reina de la Antigüedad. Pero en aquella ocasión mientras paseaba a lomos del camello recuerdo haber pensado en la monarca de Saba cuando hizo una visita de Estado a uno de sus pares, el esplendoroso Salomón. Hoy, en cambio, pienso en una mujer que fue en busca del Rey que le había roto todos los esquemas.


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No sabemos si aquellos personajes de Oriente que siguieron una estrella que los condujo a Jesús eran reyes, si eran tres, o si eran hombres. Lo único que el Evangelio dice es que eran magos. Pero supongo que se les identifica como reyes por las profecías sobre los monarcas de la tierra que se someterían ante el Señor de señores. Lo de si eran tres se colige por los regalos que presentaron a Dios encarnado, y lo de si eran hombres, pues sencillamente es lo más probable. Pero eso no obsta para que haya encontrado yo un lugar junto a ellos en su búsqueda primero, en su recorrido después, y en su maravilloso hallazgo, al final.


Y es que las mujeres, pienso, somos más receptivas a un Dios que hizo añicos la relación humanidad-divinidad que hasta Jesucristo había prevalecido. La especie humana siempre ha sido religiosa («religión» viene de religare, el anhelo de estar ligado, vinculado con algo o alguien que lo trascienda a uno). Esa intuición de un ser desconocido, grande, poderoso, es inherente al hombre.


En otras palabras, el hombre siempre ha sido creyente. Pero el dios —o los dioses— de las sociedades precristianas eran caprichosos: había que tenerlos contentos para moverlos a ayudar al hombre, y había que aplacarlos cuando se enfadaban. Se les tenía miedo, precisamente por sus veleidades.


Fueron los judíos quienes con su religión dieron a la humanidad la afirmación de la justicia de Dios. Frente a la indiferencia o el capricho de Zeus, Júpiter y toda la riada de dioses paganos, el de Israel era el Dios justo. Sin embargo, aún se le temía y de alguna forma se intentaba obtener su favor para que se pusiera de parte de su pueblo, ofreciéndole sacrificios o una parte de las propias cosechas o bienes, pero sobre todo cumpliendo sus mandamientos.


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En resumen, el hombre siempre creyó en algún dios o en Dios, en su sapiencia, en su poder, pero hasta Jesucristo, no se le habría ocurrido creer en su amor. Tuvo que venir Él mismo y hacerse un niño que en nada podía protegernos porque necesitaba ser protegido, y nada podía darnos porque necesitaba que le dieran. Y por eso la reina maga que habita en esta alocada cabeza mía, entiende que con Dios encarnado no se relaciona una en clave de miedo ni de interés.


¿Qué miedo vas a inspirarme, cachorro de hombre nacido en la más absoluta pobreza? ¿Qué puedo pensar en obtener de ti? Nada. Al contrario. Lo que quiero es darte, aunque sea el calor de mi cuerpo para que no pases frío, si no tengo más. Y si tengo, poco o mucho, me mueve a dártelo no el Cielo que me tienes prometido como dice el soneto, sino tu amor.


Porque por amor hiciste lo que hiciste. Situarte como el Gran Regalo, el Premio Mayor, al final del viaje que emprendí buscándote. Ha sido un trayecto largo y penoso, porque no sabía que era a Ti a quien buscaba, así que me confundí y en mi desorientación muchas veces pensé que lo que anhelaba era poder, sabiduría, salud, dinero, trabajo, viajes, amoríos, fama o prestigio.


Muchas veces he dejado de ver la estrella que me conducía a Ti y en lugar de quedarme quieta y serena esperando Tu Guía, me he impacientado, y he sido tan pendeja de acudir a Herodes para preguntarle dónde estabas.


El Herodes de mi ignorancia arrogante, mis propias miserias interiores, mis vicios y mis deseos mal encauzados, me recibió zalameramente, pero no porque estaba interesado en mí sino porque quería sacar algo a cambio. Averigua dónde está ese niño, me dijo, y luego ven a avisarme para que vaya yo también a adorarle. Pero el enemigo no me ha podido porque siempre has encontrado formas de advertirme de sus insidias y su maldad. Lo has hecho con las mociones de tu Santo Espíritu, con los sanos consejos y el afecto de amigos amorosos, con la enseñanza de pastores y profesores buenos, y hasta con la lectura de las obras de muchos a quienes no conocí y que descansan ya en Ti.


Mi anhelo para 2021 bien lo conoces, pero lo hago súplica pública a manera de obsequio de esta reina maga para Ti. Concédeme que tu Luz en mi vida se mantenga encendida e intensa; líbrame de acudir a Herodes en mis momentos de debilidad o distracción, y haz de mí una estrella para aquellos cuyos caminos has querido cruzar con el mío.






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