• Karen Cancinos

De una buena vez: tras los pasos de Ignacio (4)

Los Ejercicios Espirituales ignacianos me han cambiado la vida. No lo digo con ligereza. Después de conocer a Dios e intentar seguirlo, estos santos Ejercicios han sido de lo más determinante en mi camino, accidentado como el de todos, pero que de hoy, día de la Resurrección del Señor, en adelante, adquiere nuevos brios.


Aquí está la cuarta y última parte del homenaje a Ignacio de Loyola que empecé en la Semana Santa de este 2020 que nadie olvidará. Las tres primeras partes están aquí, aquí y aquí.


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La resurrección espiritual


Tras el Getsemaní y el Calvario, hubo un momento en el que llegó para Ignacio la reconstrucción interior. Recobró la serenidad y la vitalidad, cosa que atribuyó a la misericordia divina, no a su propia resolución. Se sintió libre, listo para irradiar lo que tenía dentro y para compartir lo que había hallado con quienes buscaban lo mismo que él, pero no lo habían encontrado. Dejó sus excesos penitenciales y se cortó pelo y uñas. Lo mismo que con los castigos corporales autoinfligidos, le sucedió con el desaliño que, al caer en la cuenta de la demasía, observó a partir de entonces y para siempre una escrupulosa limpieza.


Treinta años después describiría el amanecer espiritual que siguió a su noche oscura como una merced de Dios para él, a la manera de un maestro de escuela que se da a la tarea de enseñar a un niño más bien tosco, pero que de veras quiere aprender. Ya desde 1540 se había configurado la Compañía de Jesús, de manera que sus primeros seguidores atribuían a lo que Ignacio llamaba «el negocio que pasó por mí en Manresa» el origen formal de la institución y sus constituciones, o por lo menos la idea de que la determinación de servir a Cristo surgió allí, aun si el perfil corporativo de tal servicio se delineó después.


Lo cierto es que en 1523, de aquella cueva a la orilla del río Cardener en Manresa, el peregrino que había entrado en ella como cuasi ermitaño, salió como apóstol. Y como mentor en ciernes de los compañeros y discípulos que se le unieron en los 33 años más que vivió, y como padre espiritual de los miles que seguirían su ejemplo a lo largo de los siglos que vendrían.

Milicianos y caballeros


De Manresa, salió el peregrino hacia Barcelona, Roma, Venecia, Jerusalén y de regreso a Roma, pasando por una miríada de ciudades y, en general, haciendo un trayecto que hoy es un sueño para hacer turismo, pero que en el siglo XVI era un camino penoso, sobre todo si se recorría como lo hizo Ignacio, a pie, de mendicante, y a través de urbes y villorrios infestados por la peste que entonces los asolaba, como hoy lo hace el coronavirus.


En los años que siguieron, Ignacio se hizo sacerdote, adquirió en París la educación de la que carecía, conoció a quienes fueron sus primeros compañeros y pupilos, y fue modelando lo que llegaría a ser la Compañía de Jesús. Hay relatos magníficos sobre su obra, de manera que en estas líneas no se aludirá a ella pues la pretensión de quien esto escribe es señalar los rasgos principales de aquella recia personalidad, por la decidida influencia que tuvieron en los hijos espirituales de Ignacio, de su tiempo y de los actuales.


Armando de la Torre, mi amigo y profesor jesuita, en una conversación que tuvimos hace tiempo, me contó lo siguiente. El texto ha sido editado ligeramente para adecuarlo al presente formato escrito.

El estoicismo es lo mejor de los jesuitas. Ignacio no era sentimental, sino un hombre práctico, con sentido administrativo, un soldado. No tenía vocación intelectual, pero sus discípulos sí…


Por ejemplo, el navarro Francisco Javier. Fue a la India, desde donde le escribía cartas a [Ignacio] su venerado mentor. Como el intelectual formado en La Sorbona que era, aprendía el idioma de allá donde iba. Así adquirió los rudimentos del sánscrito, entre otras lenguas. Era un hombre intrépido, y llegó hasta lo que hoy es Malasia, Singapur y Japón. Con la confianza en sí mismo que le caracterizaba, enrumbó a China. Aprendió el idioma y se empapó de la cultura a la que se disponía a visitar y evangelizar, pero murió a los 46 años por el tifus, antes de que pudiera hacerlo.


Fue el italiano Matteo Ricci, cartógrafo y matemático, el jesuita que logró adentrarse en China para predicar el evangelio a finales del siglo XVI. Allí elaboró el primer mapa que incluía territorios de Europa, África y América. Fundador de las primeras comunidades católicas en China, enseñó matemáticas a estudiosos del país y fue el primer intelectual de Occidente en ser convocado a la corte imperial, en la Ciudad Prohibida en Pekín, donde murió en 1610. Nunca volvió a Europa.


La caballería ligera


A De la Torre, quien hoy tiene 93 años, de jovencito le alcanzó la resonancia histórica de la Compañía de Jesús. Se enteró de las grandes cosas que los misioneros jesuitas habían hecho durante cuatrocientos años. Supo que había entre ellos exploradores, científicos, escritores, teólogos, profesores y oradores. Supo que habían constituido la «caballería ligera» del Papa y el ariete contra la Reforma Protestante, y que su «cuarto voto» es la obediencia decidida e incondicional al Romano Pontífice.


Ya para el siglo XIX el prestigio de la Compañía de Jesús era enorme, y fue cuando se popularizó esta idea de los jesuitas como caballería papal, porque en la táctica militar al uso, solía ser la caballería ligera la que daba el golpe final en todas las batallas. Otro de sus elementos distintivos era el cuarto voto, añadido a los tres de obediencia, pobreza y castidad que hacían (y hacen) todos los religiosos. En la época de Ignacio, el cuarto voto significaba que, por ejemplo, si el Papa ordenaba a un jesuita que fuese al lugar más lejano o inhóspito a predicar el Evangelio, el jesuita obedecía inmediatamente, aunque no se le proveyese de ningún recurso material para acometer la misión. Este cuarto voto de obediencia incondicional al Papa fue añadido a la profesión jesuita por el mismo Ignacio, quien lo consideró imprescindible ante la difusión del luteranismo y el calvinismo de su tiempo.


El grito masón: ¡Aplastad a la infame!


Cuando satrapías de toda laya asumían el poder o influían en él, para hacer despliegue de poder perseguían o asesinaban jesuitas, o expulsaban sus misiones del territorio respectivo. Eso porque para el siglo XVIII los jesuitas eran los educadores del mundo cristiano en Europa y América, lo que les había acarreado la inquina de anticlericales y anticatólicos. Sus perseguidores más furibundos fueron los masones del Gran Oriente de París (la masonería francesa, en la mejor tradición continental europea, entonces y hoy, tiende al agnosticismo e incluso al ateísmo militantemente anticristiano).


Los masones llegaron a tener mucha influencia en las cortes borbónicas de Francia, España y Nápoles, así como en otras dinastías europeas en la segunda mitad de ese siglo. Así, la presión de las monarquías católicas al papa Clemente XIV consiguió incluso la supresión de la Compañía en 1773. Duró 41 años, hasta que Pío VII la restauró en 1814. La famosa expresión: Écrasez l'infâme!, (¡Aplastad a la infame!) con la que el masón Voltaire cerraba sus cartas, se supone dirigida a la Iglesia Católica Romana, pero otros, Armando de la Torre entre ellos, sugieren que en realidad se refería a la Compañía de Jesús. «La guillotina de la Revolución se especializó en cortar cabezas de alumnos de jesuitas, para dar ejemplo de pureza ideológica y odio anticlerical», afirma el profesor.


De 1540 cuando el papa Paulo III aprobó la Compañía, a 1556, el año que Ignacio murió, los jesuitas habían pasado de poco menos de una docena a casi mil. Ese crecimiento solo se explica por sus «ministerios móviles» (mimetizaban los usos y costumbres de las comunidades donde trabajaban, excepto aquellas que fuesen contra la Iglesia y la doctrina católica), su plena consagración a la acción, su disciplina, su generosidad, su reciedumbre rayana en el heroísmo, su afán radical de seguir y servir a Cristo y su completa disposición a romper con las ataduras que tan fácilmente esclavizan: carne, orgullo y riqueza.


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San Ignacio, ruega por nosotros.



Fotograma de la película «Ignacio de Loyola», de 2016.

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