• Karen Cancinos

Cuando tu padre te decepciona

Sé que la memoria es selectiva y que tendemos a recordar los momentos felices y a relegar o bloquear los otros. Es verdad también que cuando una persona querida ya no está, propendemos a magnificar sus virtudes y olvidar sus defectos, pero no tengo empacho en decir que mi padre tenía casi todas las primeras… y casi todos los segundos. Lo paradójico es que justamente por eso sé, con la perspectiva de los años transcurridos desde su partida, que mi padre era un tipazo. Porque hizo todo lo que pudo. Y pudo mucho porque amó mucho. Y hacer lo que se puede, con todo el amor del que se es capaz, en realidad es lo único que podemos esperar y pedir de cualquiera.

Recuerdo cuando lo eché de mi casa junto a dos amigos suyos. En realidad, era SU casa, un departamento que tenía en la ciudad y en el cual vivía yo sin pagar renta. Aquellos particulares amigos suyos me desagradaban. Me parecían pésimas influencias para él. En verdad lo eran, pero hoy entiendo que para que se fueran no era necesaria la escena de histeria que monté.

Me gustaría decir que conservo la nota que me escribió a raíz de eso, pero ya no la tengo, a diferencia de algunas que he guardado en un grueso álbum de papel marrón, junto con fotografías y varias tarjetas de cumpleaños, de felicitación o de arriba-ese-ánimo, según se iban sucediendo los eventos de mi vida. Pues bien, aunque no tengo la nota en cuestión, sí recuerdo perfectamente cómo concluía: «Tú también has cometido errores y la has regado varias veces, pero yo nunca te he tratado tan duro. Como sea, ya sabes que papá ama a su chiquita».

Había tratado mal a mi padre, y él había reaccionado de forma benevolente y magnánima. Dios sabe que solo uno de nosotros merecía reprimendas: yo.

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Para cuando alcanzas cierta edad te hermanas con tus padres. Siempre serán tus progenitores, y desde una perspectiva cristiana están en un plano vertical superior a ti porque el Autor de la vida se sirvió de ellos para dártela. Sin embargo, intelectual, emocional y espiritualmente hay un punto en el que se vuelven tus pares y compañeros de camino. Dejas atrás la idealización que de ellos hiciste en tu niñez, llegas a conocer sus defectos y te das cuenta de que sus miserias son tan profundas y numerosas como las tuyas, pero también admiras y tratas de emular sus virtudes pues las tienen, y muchas veces en mayor medida que tú.

También te han decepcionado alguna vez. Tú a ellos, ni hablar. Es posible incluso que ni siquiera simpaticen mucho. No fue mi caso con mi padre, un hombre con sentido del humor y una inteligencia que hizo las delicias de mi niñez y juventud, pero mi madre y yo sí podemos relatar épocas en que nos caímos mal la una a la otra. Amor entre nosotras siempre ha habido, pero afinidad e identificación, no todo el tiempo ni en la misma medida. Por fortuna mi madre se ha vuelto fabulosa con los años. No con los de ella, sino con los míos.

El punto es que constituye parte ineludible de la experiencia humana el que tus padres te decepcionen, y que algunas de sus conductas a veces te dejen perplejo al punto de lacerarte el corazón. Eso es lo que me está sucediendo ahora —una vez más— con un hombre que es un padre para mí, como lo es para quienes nos preciamos de pertenecer a la Iglesia católica romana. Hablo por supuesto del papa Francisco.

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Sería exagerado afirmar que Francisco me ha roto el corazón, aunque cerca sí que ha estado algunas veces, sobre todo en 2019 cuando el Sínodo de la Amazonía. Pero en esta ocasión me refiero a su última encíclica, Fratelli Tutti, que me ha parecido una larga miscelánea. Pero a eso el Papa nos tiene acostumbrados. No es su gusto por la mezcolanza lo que me decepciona —su estilo es muy suyo y tiene pleno derecho al mismo— sino estas tres cosas.

UNA

Me ha decepcionado su negación a tomar partido decidido por la Iglesia que encabeza, al punto de retratar en Fratelli Tutti a Francisco de Asís como una especie de diplomático, a cargo de la ingrata tarea de presentar los términos de la rendición incondicional de los suyos ante los vencedores.

¿Cómo defender aquello que NO se ama? Al tergiversar la figura del santo cuyo nombre tomó para su pontificado, pareciese que el primer llamado a amar la Iglesia, es decir, el vicario de Cristo, se ha quedado corto en el amor y por lo tanto también en la defensa.

DOS

Me ha decepcionado que yendo contra el diálogo, el puente y el encuentro cuya importancia tanto ha subrayado durante su pontificado, Francisco caiga una y otra vez en el reduccionismo de escuchar solo a los interlocutores que sintonizan con su sensibilidad política.

Por eso en Fratelli Tutti hace unas afirmaciones que apesadumbran por fútiles y hasta irresponsables, al carecer de raigambre teórica y sustento histórico. Podría entenderlas viniendo de un párroco de aldea, pero consignadas en una encíclica papal francamente me apenan. Samuel Gregg hace una magnífica exposición sobre el tema, aquí.

TRES

Me ha decepcionado que mi querido Papa, de tan condescendiente con la narrativa globalista, dé la impresión de que sanciona un catolicismo ya no dialógico y receptivo, sino timorato y acomodaticio. «Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya», dijo nuestro Señor, y no pude menos que pensar en ese versículo cuando supe de los halagos —esos bombones envenenados— que masones y totalitarios propinaron a Fratelli Tutti.

Benedicto XVI y Asia Bibi, por mencionar solo dos testigos contemporáneos del Evangelio, saben que acarrea sufrimiento ser fiel a Cristo y consecuente con la enseñanza de su Iglesia, pero saben también que mucho peor es traicionar al primero y mutilar la segunda. Ruego a Aquél que no se deja ganar en generosidad, que recompense la nobleza y la lealtad de estos dos cristianos ejemplares.

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Creo que fue San Agustín quien dijo que lo bueno que hay en otros, a nosotros pertenece. Pues bien, mi decepción con Fratelli Tutti obviamente no modifica mi afecto por Francisco ni las cotidianas oraciones que esta pecadora eleva por él. Porque es mi padre. Y junto a sus yerros relucen sus virtudes, y de esas me apropio al tiempo que pido a San Francisco de Asís: ¡querido poverello, ruega por tu tocayo!



Foto de Ekrulila en Pexels

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